Apocalipsis

apocalipsis stephen king

Los que me conocen saben que, de vez en cuando, me apetece releer cosas. Es una especie de pulsión que se activa con el paso de las semanas y los meses de nuevas lecturas: al final, se me instala en el ceebro (detrás de la cuenca ocular, casi en el mismo punto que un dolor de cabeza que anuncia un mal día) la idea recurrente de volver a lugares conocidos, ver cómo están esos personajes que han vivido penurias o alegrías en las páginas que habitan, recorrer los mismos caminos y carreteras y tropezar en las mismas piedras. Este año todavía no había caído en las garras de la nostalgia revisitación. Es cierto que trasteé con Corazones en la Atlántida, pero no cuenta: lo leí hace tanto tiempo que no cumple los requisitos para ser considerado lectura recurrente.

Pues bien: tras ignorar durante semanas esa sensación y terminar un par de libros de lectura rápida, ayer por la noche caí en las garras (con placer sádico) de Apocalipsis, de Stephen King, que creo que no releo desde hace al menos cuatro años. Es uno de mis hogares literarios, junto con las cloacas de Derry, los peregrinos del Alcaudón, la estación de paso en la que se conocen Roland y Jake o el asedio de Ilión en clave marciana. Apocalipsis es un berenjenal de mucho cuidado, sobre todo con esta edición ampliada que tengo, la de 1990 que salió tras la original La danza de la muerte (The Stand, 1978), cruelmente recortada para entrar en los cánones editoriales que permitiesen vender el libro a un precio estandarizado. Son unas 1500 páginas que pretendo ventilar cuanto antes para poder seguir con mi vida de lector constante, que hay mucho que leer ahí fuera sin necesidad de releer cosas, pero a veces la tranquilidad mental que da volver merece la pena. Tiene también la particularidad de que trata de algo que parecía imposible, una distopía, una pandemia provocada por un virus respiratorio parecido a la gripe. La primera línea de la nota del autor que precede a esta edición ampliada es… no sé si tengo palabras para describirla, juzgad vosotros:

Apocalipsis es una obra de ficción, como su tema deja perfectamente claro.

Stephen King

Las páginas vuelan como quien come pipas: sin darte cuenta y a toda velocidad, aunque a veces se te quede una cáscara clavada en la encía. Tiene esa clarividencia a la hora de describir comportamientos y reacciones que hace que tragues saliva o dejes de lado el libro para tratar de conjurar esas imágenes ficticias mezcladas con la realidad de lo que puede ser y que, por suerte, se ha quedado en una especie de apocalipsis suave (título de un gran libro de Will McIntosh tampoco muy recomendable para estos tiempos). Como acostumbra, el tratamiento de personajes es magnífico, aún mezcla el elemento sobrenatural sin que parezca demasiado forzado (no me hagáis hablar de La cúpula) y explora posibilidades muy verosímiles en cuanto a las posibles consecuencias de un evento de estas características en la población.

La edición que tengo pertenece a una colección sobre la obra de Stephen King que salió por fascículos hace bastantes años. Los tomos son en tapa dura, con el lomo dorado y un papel que amarillea a pasos agigantados. La traducción no es nada del otro mundo, y tampoco parece que haya pasado por una revisión exhaustiva; hay frases inconexas, signos de puntuación ausentes o mal colocados, etc. Esto pasa en otras obras del autor, así que estoy seguro de que en Plaza & Janés (en Penguin, vamos) hay alguien que lleva tiempo rumiando la idea de reeditar la obra de King en tapa dura con todo lujo de detalles. No estarán esperando a que se muera, ¿verdad? ¿VERDAD?

En fin.

apocalipsis stephen king
Ojalá una edición así de Apocalipsis en España

Apocalipsis: un clásico que atraviesa varios géneros que todo el mundo debería leer alguna vez. Aunque si eres aprensivo o hipocondriaco, quizá mejor esperar a que pasen un par de años.

Libros, libros

Libros en Librería Reno
Rótulo clásico de la fachada de Librería Reno en el barrio de Malasaña, Madrid

El libro en papel sigue siendo un gran regalo de Reyes. O de Papá Noel para aquellos que abarcan todas las fechas posibles para recibir regalos. Como el señor de Amazon tiene dinero a espuertas y la ética empresarial de un ficus, sugiero comprar el librerías de barrio, que seguro que necesitan y agradecen más la compra del ganador del Planeta Carmen Mola (dios no lo quiera) o del último libro del maestro Stephen King, Billy Summers. Todos los lectores habituales tenemos una, pero esta es la mía: Librería Reno, en el barrio de Malasaña de Madrid. Allí encontraréis novedades, encargos, recogida en tienda, compra online y, sobre todo, las mejores libreras.

Si, por lo que sea, preferís comprar en una librería recóndita de Palencia (donde seguro que hay grandes librerías aunque nunca he tenido el placer de visitar la provincia), existe la web de Todos tus libros para localizar cada título y cada establecimiento obviando al gigante editor / explotador estadounidense.

La única excepción que hago en esto es para comprar a esos autores que se autoeditan y no tienen más remedio que acudir a quien más fácil se lo pone tanto durante el proceso de publicación como en el de venta. Por ejemplo, he adquirido en la web del demonio Film School, de Jaime Bartolomé, y La independencia de Pedro Sánchez, de Pedro Sánchez (el presidente no, el otro). Además, siempre que puedo leo en papel, me dejo los cuartos en las ediciones que puedo manosear tranquilamente, volver la página sin volverme loco con los botoncicos o poner una marca física: no hay color.

Por lo que sea, pongo el enlace de Film School y me sale el tuit anterior del hilo.

Hala, basta por hoy de consejos no pedidos, publicidad encubierta no pagada y demás.

Septiembre, nuevo curso

Hace años, cuando escribía una entrada en el blog sobre el comienzo de una nueva temporada en septiembre era sobre fútbol. Sobre el equipo de amigos que, año tras año, hacíamos noche en plena calle para conseguir una de las escasas plazas para jugar en Chamberí. Ahora que lo pienso, aquel blog acabó con una despedida a la francesa.

Por suerte —supongo— los años pasan y uno se hace mayor, las rodillas ya no aguantan las exigencias futboleras y llega el momento de colgar las botas. En estos tiempos, cuando empieza una temporada, el blog se llena de microrrelatos, relatos y divagaciones; digo que se llena, pero a veces pasan semanas entre actualizaciones. Ay, la pereza.

Para mí la temporada 2018 – 2019 empezó el lunes 3 de septiembre con la intervención en La Ventana de La Ser; como ganador del REC anterior tuve el honor de dar la frase de inicio para el concurso de microrrelatos más famoso de España, los Relatos en Cadena de Escuela de Escritores. Así lo conté en Twitter:

Este año no participaré en el certamen pero me gustaría dejar mis propuestas en el blog, así que si se alinean los astros (es decir, me acuerdo, me apetece, me da tiempo) publicaré los microrrelatos que habría enviado cada semana cuando ya haya pasado el plazo.

Vacaciones

La imagen que encabeza esta entrada es de Japón, que es donde he estado este verano. No voy a contar aquí los pormenores del viaje, sólo os recomiendo ir, volver, repetir… Mejor en septiembre u octubre que en agosto, el calor es infernal, pero si no se puede elegir, cuando sea está bien.

Lecturas de verano

No ha sido demasiado prolífico este verano en cuanto a libros leídos, he repescado It (Stephen King, 1986) e Hyperion (Dan Simmons, 1989) —todos los veranos releo alguna cosilla— y como novedad he tenido el placer de devorar las páginas de Siete casas vacías (Samanta Schweblin, 2017) y La condición animal (Valeria Correa Fiz, 2017). Me identifico con las historias de la primera y con el estilo de la segunda, me han gustado mucho. También ha caído Carbono modificado (Richard Morgan, 2002), libro en el que se basa la serie de Netflix Altered carbon.

Estos días estoy con lecturas de mi cumpleaños y de la Feria del Libro. Sí, todavía; no da tiempo a leer todo lo que hay en la pila de pendientes. Son Bellas durmientes (Owen King & Stephen King, 2017), que de momento meh; Fuego persa (Tom Holland, 2005), interesantísimo y muy bien contado; y La vaga ambición (Antonio Ortuño, 2017), que espero empezar esta semana.

¿Futuro?

La oposición no me salió muy bien. No sé por qué, la normativa medieval de este examen me impide saber los criterios de corrección y ver la prueba, la indefensión es bastante grande y hace que me replantee si merece la pena. Además, por desgracia no vivo del aire. El plan laboral se ha ido a hacer puñetas y la cuenta se vacía inexorablemente. ¿Qué hago, me corto las venas o me las dejo largas?

En cuanto a escritura, me tendrán que aguantar un año más en la Escuela, la clase de Relato avanzado me espera.

¡Nos leemos!

No es un adiós, es un hasta luego

Los Reyes Magos no han tenido a bien concederme el don de la ubicuidad. Que qué les costaba, si son magos. Pero nada, no se han bajado del burro. Así que de momento, en una retirada que espero que sea momentánea, debo aparcar la Escuela y dejar a medias —esto sí que me repatea— el curso de relato breve.

De momento el trabajo me impide volver a clase y no tiene pinta de cambiar en un futuro cercano. «Pues no vayas a trabajar, deja de quejarte». Hay que ver las voces de la cabeza, eh. Que como viven tan pichis en el subconsciente sin pagar alquiler ni consumir electricidad —afirmación esta última cuanto menos discutible si tenemos en cuenta que el cerebro funciona mediante impulsos eléctricos— creen que lo saben todo.

Sé que hay autores que se levantan a las cuatro de la madrugada a escribir, gente con una capacidad de sacrificio más allá de lo razonable. Yo no soy uno de ellos. Me levanto a las siete y llego a casa a las nueve, catorce horas más tarde. Sé que se puede exprimir más el día, aprovechar los tiempos muertos a lo largo de la jornada (los hay, siempre los hay) pero no soy capaz. Espero serlo algún día. Sé que lo más probable es que, si no lo consigo, jamás llegue a nada en este mundo.

Estaré al tanto de certámenes, concursos y convocatorias varias, más con el ánimo de que me «obligue» a darle a la tecla que otra cosa. Siempre hay cosas interesantes en la Escuela de Escritores y sus relatos en cadena, en El Asombrario y sus propuestas mensuales con autores imprescindibles, en Zenda, con sus cheques llenos de ceros… Y seguiré pendiente de compañeras y profesores (Nacho, aunque los Reyes no repartan dones sí que regalan novelas).

No es un adiós, es un hasta luego.

¿Dónde estabas el 11 de septiembre?

11s

¿Dónde estabas el 11 de septiembre de 2001 durante los atentados contra las Torres Gemelas?

Supongo que a lo largo de los años esta pregunta se ha repetido cientos, miles de veces, en conversaciones de trabajo, entre amigos, en la calle, en la carnicería del barrio, más recientemente en redes sociales. En cualquier ámbito.

Habrá quien tenga una historia extraordinaria sobre el momento que cuenta cada 11-S con orgullo, añadiendo cada vez más detalles inverosímiles que enriquecen la historia para años venideros, o quien no fuese consciente de lo que estaba pasando porque no tenía una televisión o una radio a mano, un amigo o un familiar que le avisara y le dijera corre, baja al bar, busca una tele encendida, sal de la biblioteca ahora mismo (sí, ya había móviles y los sms estaban a la orden del día).

Si hay algo que nos puede unir a todos los que vivimos el momento en directo, creo que es la cara de estupefacción ante lo visto, la mandíbula desencajada, mirada de incredulidad, parálisis física. Ese día aprendimos a congelar el tiempo, a alargar esa sensación de estupor pasajera que nos asalta de cuando en cuando pero que ese día se extendió durante horas.

Mi tercer ojo (el que toma un narrador para ver al personaje desde arriba, no el ojo que estás pensando) reconstruye el recuerdo del momento de la siguiente manera:

«Estoy sentado en un sofá granate, frente a una mesita baja, de ésas plegables que puedes extender para comer. Frente a mí, un diminuto televisor de tubo —no más de quince míseras pulgadas— emite el telediario de las tres de la tarde. No recuerdo el canal, ni el presentador o presentadora del mismo. En la mesa hay desperdigados varios montones de papel: apuntes, ejercicios resueltos y un par de libros de consulta, porque al día siguiente tengo examen de Análisis de Datos II. Estoy solo, acompañado de las paredes blancas, peladas, y los muebles de relleno de mi nuevo piso de alquiler. Aún no vivo aquí pero esta tarde me traen el colchón, y hay que estar.

Levanto la cabeza de los apuntes cuando oigo que cuentan el impacto de algo sobre la primera de las Torres Gemelas. Conectan en directo. En la imagen se ve una columna de humo saliendo del lateral del rascacielos. Como si de una película se tratara, un segundo objeto se acerca a la otra torre y choca directamente contra ella».

Hasta ahí llegó mi tarde de estudio. Recuerdo que pasé horas ávido de noticias, buscando información al minuto, enganchado con una fascinación morbosa a las imágenes del atentado.

¿Por qué cuento esto? ¿Por qué otra historia anodina sobre el 11-S que no interesa a nadie?

En realidad, es una gigantesca introducción absolutamente prescindible, de ésas que te tachan en cualquier curso de escritura para principiantes, porque lo que realmente quiero contar es lo mucho que me gustó un texto que leí en su momento y recordé hace unos días al verlo en el blog El Asombrario. En la entrada de dicho blog hablan sobre cómo tratar un tema escabroso, como éste de las muertes colectivas, dando una perspectiva diferente a la esperada. Con el trasfondo de los atentados del 11-S, cuentan esto: 

Se derrumba una de las Torres Gemelas y él eyacula avergonzado, mecánicamente, sin disfrutarlo, como un pervertido, como un enfermo sexual que se arrepiente de haber tocado a un niño. Se limpia a toda prisa, se sube los pantalones, y apoyado en el lavamanos de su cuarto de baño, mirándose al espejo, se repite a sí mismo: “¿Cuál es tu problema? ¿Cuál es tu puto problema? ¿Tú estás mal de la cabeza o qué?”. Ahora, piensa, cada vez que alguien le pregunte dónde estaba el 11 de septiembre de 2001 tendrá que mentir. Tendrá que inventarse algo. Tendrá que decir, por ejemplo, que estaba en el campo, o tomando apuntes, o en una reunión, y que en cuanto conoció la noticia dejó todo lo que tenía entre manos, y se abrazó a la persona más próxima, y todos se llevaron las manos a la cabeza, y se taparon la boca, y luego lloraron, porque estaban ante un hecho histórico, el tipo de suceso que se recuerda toda la vida, algo único en la historia, como la llegada del hombre a la Luna o la muerte de Franco o el asesinato de Kennedy. Es consciente de ello, y por lo tanto tendrá que mentir”. (11-S, Carlo Padial).

Porque claro, supongo que la mayoría de personas estarían haciendo cosas cotidianas, como yo. Pero también habrá quien, como el protagonista de la historia de Carlo Padial, estuviera ocupado con quehaceres más difíciles de contar cuando alguien te pregunta: «¿Qué estabas haciendo cuando te enteraste de lo del 11-S?».

Casi prefiero haber estado estudiando.

Escribir vs la idea de escribir

escribir

Una de las claves para recuperar este blog fue volver a escribir. Escribir de verdad, escribir ficción, siguiendo una metodología y empleando nuevas herramientas aprendidas. No sólo escribir opinión, escribir artículos, blogs o digresiones. No. Escribir literatura. Sin aspiraciones, pero literatura.

Ahora, en julio de 2016, ya he terminado el curso de nueve meses (nada de chistes fáciles sobre lo que dura un embarazo, por favor) que comencé allá por octubre del año pasado en la Escuela. Terminar algo, lo que sea, siempre que sea algo que has hecho con dedicación y ganas, es mitad alivio, porque descargas la presión que tienes durante todas las semanas para aprender la lección y hacer la tarea, y mitad preocupante.

¿Por qué preocupante?

En mi caso particular, necesito el estímulo permanente para no abandonar una actividad, la presión de escribir un pequeño relato cada semana en el que se supone que demuestras lo que has aprendido. O lo contrario, que también se da el caso: escribes un montón de mierda considerable que amablemente te corrigen para que no vuelvas a cometer los mismos errores (a mí me funciona, cuanto más la cago más probable es que no cometa de nuevo el mismo error).

Escribir

A lo que iba, que me pierdo. Escribir es una actividad placentera. Estimulante. Incluso excitante. Ese momento en el que te das cuenta de que han pasado dos horas en el mundo real mientras tú estabas ideando personajes, situaciones, historias. Ese momento en el que despiertas y eres consciente de dónde has estado. Y lo bien que estabas. Da igual si has escrito dos páginas o dos líneas. Lo importante es todo el trabajo que hay detrás, la ideación subyacente a la historia y todos los recursos que has empleado para llevarla a cabo. Y que todo ese proceso ha tenido resultado. Dos líneas o dos páginas, tanto da.

Escribir también es un ejercicio de masoquismo. Es complicado, que nadie piense lo contrario. Un texto de una sencillez pasmosa esconde detrás horas de trabajo, y no me refiero a la creatividad. Hablo de la técnica. Eso que te permite dar el salto de juntaletras a aspirante a escritor. Eso que te permite ver la hoja en blanco y no desfallecer de desaliento ante las enormes posibilidades que tiene una página en blanco. Porque no nos engañemos: de una página en blanco puede salir una obra maestra o la mayor bazofia que hayas leído en tu vida (para este segundo caso me gusta imaginarme metiendo la hoja de papel en una máquina trituradora). Lo normal es que no sea ni lo uno ni lo otro.

La idea de escribir

Tantas vueltas a la tarea de escribir y tantas frases subordinadas conducen a la segunda cosa de la que quiero hablar, una especie de contrapunto: la idea de escribir.

¿Por qué no es lo mismo la idea que la acción, al menos en este caso? La idea de escribir gusta. Es placentera, estimulante. Incluso excitante. Hace que te veas como un posible autor de grandes obras. O, si no aspiras a tanto, al menos sí hace que te veas como alguien intelectual (signifique esto lo que signifique hoy en día), con inquietudes menos mundanas que la gran masa. La idea de escribir hace que leas algo y opines mucho, que creas que sabes cosas porque has leído a tal o cual autor; es más, tú mismo podrías escribir algo parecido, porque tienes la idea romántica de que escribir es ponerse frente al papel, ordenar un par de ideas, hablar con la musa et voilà: obra maestra en ciernes.

La idea de escribir es un arquetipo. Hace que nos sintamos bien con nosotros mismos. Nos hace interesantes a ojos de los demás. Pero por sí misma es basura. Es autocomplacencia. Pensar que somos escritores no nos convierte en escritores. Escribir nos convierte en escritores. Bien o mal, mucho o poco, realidad o ficción, lo que te dé la gana: pero escribe. Todo lo que no sea el acto físico de escribir, no es escribir; la ideación de un relato cuenta, pero si no llega al papel no es escribir, es nada, es menos que nada para el propósito que nos ocupa, es tener ideas que quedan para nosotros, en el mundo abstracto.

Escribir es concreción. Es mostrar. Ni siquiera es contar, es enseñar para que el lector saque sus propias conclusiones.

Conclusión

¿A cuento de qué os cuento esto? Intento convencerme a mí mismo de que, tras nueve meses escribiendo, pertenezco al grupo de escritores frente al grupo de los que tienen la idea de escribir. Pero me da miedo, me aterroriza más bien, volver a estar conforme sólo con la idea de escribir, con la que tantos años conviví (y ni tan mal, por lo visto). La respuesta parece fácil: ESCRIBE. Soy como soy, con poca fuerza de voluntad y un poco vago; no me engaño, y cambiar hábitos de años de arraigo es complicado. Pero lo voy a intentar.

Si me estás leyendo y te preguntas si puedes escribir, deja de preguntártelo: hazlo. Escribe. Si no sabes, fórmate. Y si te hace feliz, sigue escribiendo.

Vuelta a la escuela

Quién me iba a decir que más cerca de los cuarenta que de los treinta (día arriba, día abajo) iba a volver a la escuela.

Volver a escribir era uno de mis propósitos de Año Nuevo de 2015. De acuerdo. Hay pruebas documentales. De mi puño y letra. Imposible negarlo ante un perito caligráfico. Pero ponerse a ello en septiembre, el noveno mes del año de esos supuestos nuevos propósitos, tampoco demostraba mucho interés.

Un taller gratuito de iniciación a la escritura -nótese la importancia de la palabra gratuito en la frase- en la Escuela de Escritores de Madrid despertó mi curiosidad. O ese día no tenía nada que hacer, la verdad es que no me acuerdo. J.C. (no creo que fuera el famoso J.C. en persona), encargado de impartir el taller a un grupo heterogéneo de entre doce y quince personas, consiguió algo que no suele ocurrir muy a menudo: captar mi atención. Cuerpo en tensión, respiración más rápida, mirada despierta y un cosquilleo en la mente largo tiempo olvidado.

Que el profesor nos leyera un par de cuentos de Ángel Zapata tuvo mucho que ver. «Las buenas intenciones y otros cuentos» es el libro que más me ha impactado en los últimos años. Impactado para bien. Que panfletos ilegibles hay a patadas y es recomendable diferenciarlos.

Lo demás es historia: lo que empezó como un trimestre de Escritura Creativa se ha transformado en nueve meses. He tenido unos compañeros excepcionales, con un potencial tremendo. He disfrutado como el que más de las dos horas semanales en la Escuela. He intentado trabajar los conceptos desarrollados por Isabel Calvo (mi profe) con más o menos éxito. He llenado la caja de nuevas herramientas, imprescindibles para acometer la tarea de enfrentarme a la hoja en blanco.

Sobre todo, he recuperado las ganas de escribir.

Que duren.