Getafe Negro 2020

Getafe Negro

La última vez que escribí un micro fue hace demasiado tiempo. Sirva esta convocatoria literaria, la XIII edición de Getafe Negro, para intentar desempolvar las neuronas; da igual con qué acierto —al menos para mí—, el caso es volver.

Un año más, Escuela de Escritores y Getafe Negro colaboran para organizar este certamen, que en su día ganó la gran Marian Peyró (pausa publicitaria: lean su debut en solitario El papel de un cromo). Son tiempos pandémicos y confinados, aunque el noir siempre tiene un huequecito.

XIII Concurso de Microrrelatos Getafe Negro

Máximo de 150 palabras sin contar título ni frase de inicio (en negrita). A continuación os dejo el micro Veinte años (nunca se me ha dado bien titular mis cuentos):

«No era el remordimiento lo que le impedía conciliar el sueño, sino el avance inexorable de la excavadora. Siempre se despertaba en una soledad satisfactoria, sin zarandajas, como desde hacía casi veinte años. Hasta que llegó el ayuntamiento con sus dichosas máquinas y sus canalizaciones; cada mañana, un operario se calaba el casco y vociferaba sobre los sacos de cemento para iniciar la actividad. Desde el final de la calle, el único habitante de la única casa que quedaba, apartaba el visillo con dedos artríticos y apretaba el otro puño. Cuando comenzaron sólo veía el reflejo de los chalecos amarillos al final de la calle. Poco a poco empezó a distinguir a los obreros por sus voces, y ahora incluso unía las caras a los nombres gritados entre estertores de la excavadora y rugidos de la hormigonera. A ese ritmo, en dos días llegarían a su pozo, cegado y tapiado desde hacía casi veinte años.

Y volvería el ruido.»

En definitiva

No es muy noir. Es lo que hay. En fin.

Actualización: ya tenemos ganadora de la XIII edición de Getafe Negro, Ángeles Navarro Peiró con «Eutanasia». ¡Enhorabuena! Muy merecido. Podéis leer el relato aquí.

#DíadeMuertos en Zenda: una plegaria a tiempo

Zenda #DíaDeMuertos

│ UNA PLEGARIA A TIEMPO │

Hermie se asomó a la ventana antes de salir. Llevaba nevando más de diez días seguidos, con lo más duro del invierno todavía lejos, y la nieve cubría el único camino que bajaba hasta el pueblo. Cogió la parka forrada de borreguillo de la percha junto a la puerta, el hacha que tenía apoyada en la pared y salió a cortar leña.

Cuando volvió, el frío ya se notaba en el interior de la casa. Había decorado el espejo roto de la sala de estar con una de esas calaveras de colores. Sus padres se la compraron a su hermano pequeño en México antes del accidente. Le faltaba la mitad de la mandíbula y uno de los ojos estaba agujereado. De niño, a Hermie le gustaba Halloween, y ahora que sólo recordaba a su hermano como un amasijo entre los hierros del coche familiar, colocaba la calavera para el Día de Muertos. Pequeñas nubes de vaho salieron de su boca cuando gritó:

¡Mamá, ya estoy en casa! Enseguida enciendo la chimenea. En unos segundos perdió el color que habían cogido sus mejillas. El médico dijo que era importante que la casa estuviera caldeada para no complicar más la salud de su madre. «Como si pudiese ir peor la cosa», pensó Hermie cuando lo oyó. Su madre podía tragar, mover lo ojos o emitir algún gruñido de vez en cuando. La pobre enviudó hace nueve años, tras el accidente de coche que redujo a la familia a la mitad. Desde entonces, Hermie se encargaba de todo.

Prendió algunas astillas y pronto el salón se llenó de humo; la chimenea no tiraba bien, pero se terminaba disipando. Por el rabillo del ojo le pareció ver que algo se movía. Se acercó sin hacer ruido al rincón del salón, donde estaba el sofá, y vio a una rata comiéndose los restos de lo que parecía pan duro de anteanoche. Se echó la mano a la cintura y desenfundó el revólver de su padre. Encañonó, con la punta de la lengua sobresaliendo entre los labios, pero no disparó. «Que coma bien», pensó. «Así cuando la pille estará más rellenita».

Pasó a la habitación de su madre. Apenas notó el hedor, acostumbrado como estaba ya. Fue directo a la bacinilla que había dejado bajo la cama la noche anterior, la cogió y entró a tientas al aseo contiguo.

Qué poco pesa la jodía, parece vacía —dijo entre dientes Hermie—. Y sin luz. —No tenía que haber roto la bombilla, maldita sea —pensó por enésima vez. Golpeó con furia el casquillo, que colgaba inerte desde hacía cuatro días. Pero no fue culpa suya. No, no lo fue. Volcó la bacinilla en el váter, escupió en el lavabo y volvió junto a la cama.

Siempre tenía la sensación de que los ojos de su madre le seguían por el dormitorio, aunque sabía que era imposible: apenas podía parpadear, menos aún mirarlo. Incluso hacía ya tiempo que le parecía que le seguía la mirada del Jesucristo crucificado, que estaba sobre el cabecero de la cama, en una cruz enorme que empequeñecía su conciencia cuando la miraba. Llevaba viéndolo ahí colgado desde que tenía uso de razón.

A veces Jesús le hablaba. Desde las alturas, se reía de su aspecto: «¡Enclenque! ¿Hoy también te has tirado la mayonesa encima? Mírate, chaval.¡Sal a comprarte algo de ropa!». Siempre se burlaba de él, pero uno se terminaba acostumbrando. Excepto cuando reventó la bombilla del aseo de la habitación; lo había hecho por no romper la cruz sobre el cabecero, aunque no recordaba qué le había dicho. Hoy estaba especialmente parlanchín.

—¡Hermie! ¿Qué haces, chaval? —preguntó Jesús—. Oye, por qué no vienes y me bajas, creo que tengo algo en el costado, no veas lo que duele —dijo entre risas.

Hermie dejó sobre la mesilla el peine lleno de mechones con el que estaba peinando a su madre y se quedó quieto, mirando la cruz. Estaba harto de Jesús y de su puñetero sentido del humor. Una gota de sudor le bajó por el costado, mojando el borde del pantalón de franela, remendado varias veces.

—¡Venga, hombre! —exclamó Jesús mientras le guiñaba un ojo—.¡No seas así! Sabes que no me río de ti, me río CONTIGO. ¡Jaaaajajajaja! Descolgó el brazo derecho y señaló hacia abajo; se puso la mano sobre la boca y dijo en tono confidencial: —Oye, si quieres deshacerte de la vieja ya sabes que sólo tienes que rezar, ¿recuerdas? Rezar MUY fuerte. Serías libre. Podrías salir tooodas las veces que quisieras y cepillarte a las amigas de tu madre—. Jesús asintió varias veces, despacio, mientras miraba a Hermie a los ojos.

Hermie rezó, como siempre que se lo pedía Jesús. Después se abrazó y empezó a mecerse lentamente, hacia delante y hacia atrás, mientras miraba de reojo primero a la cruz, después a la cama. Se fijó en el cráneo casi sin pelo, los ojos secos clavados en el techo, el pecho quieto de su madre.

—¡Hermie! —Jesús estaba entusiasmado. Señaló con las dos manos hacia la cama—. ¡Parece que esta vez has rezado con fuerza! ¡Lo has conseguido! ¡Buen chico! Qué, ¿me bajas de aquí y nos vamos de esta pocilga?

Fue como si le hubieran noqueado de un buen golpe de derechas en la mandíbula. Hermie se tambaleó, dio unos pasos hacia atrás, quedándose justo frente a la cruz, con la frente empapada de sudor y los dientes apretados.

Se dio la vuelta. Fue al salón, cogió una silla de las cuatro que estaban pegadas a la mesa alta, donde comían todos juntos cuando eran una familia de verdad, y la colocó frente a la cama. Comprobó que seguía teniendo el revólver en la cintura y cerró la puerta a su espalda. Se sentó de cara al crucifijo, sin mirar apenas el bulto sobre la cama que era su madre, mientras abría y cerraba los puños y luchaba contra un ligero temblor en el ojo izquierdo que le hacía bizquear.

Fernando Díaz Pérez

Majadahonda, 2018

Concurso #HistoriasDeBicis en Zenda: la bicicleta roja

La bicicleta

Los concursos literarios en verano de Zenda libros empiezan a ser tradición. Este año la propuesta es #historiasdebicis, así que os dejo con «La bicicleta roja».

La bicicleta roja

Desde que Arthur Miller tenía memoria, todos los días de Navidad los abuelos iban a su casa a visitarlos con un paquete y decían que Papá Noel lo había dejado bajo su árbol. Siempre le traían muñecos y juguetes —un oso de peluche al que le faltaba un ojo, un camión de bomberos con una rueda suelta— envueltos en papel de estraza, a veces nuevos pero casi siempre de segunda mano.

El año en que cumplió once años quería una bicicleta. Una grande y roja, con un faro delantero de camión y una bocina de goma, como la que veía en el escaparate del señor Wilson cuando iba al colegio. Se quedaba muy cerca del cristal, haciendo vaho con las manos pegadas a la cara, hasta que su madre gritaba desde la esquina que iban a llegar tarde.

¡Vamos a llegar tarde! —gritaba su madre.

Arthur se imaginaba montado en la bicicleta. Sería como ir al espacio en un cohete rojo y plateado, veloz como un rayo y la luz del faro delantero encendida, el estruendo de la bocina y las suspensiones chirriando al pasar sobre los baches de la calle. Se pondría de pie sobre los pedales, con las mejillas coloradas, jadeante, soplando el mechón de pelo caído en la frente. «¡Más rápido! ¡Más rápido!», chillaría a los árboles que dejaba atrás. Ni siquiera frenaría un poco en los cruces, sino que pedalearía con más fuerza y gritaría aún más alto.

El hermano pequeño de Arthur, Billy, también quería una bici. Se paraba con Arthur a mirarla todos los días cuando iban al colegio, así que se empeñó en pedir una. Billy siempre estaba fastidiando a Arthur. Desde que llegó a casa, sus padres siempre estaban dándole de comer, cambiándole los pañales o intentando que se durmiera. Y ahora que era más mayor también quería, deseaba, la bici. Los regalos para Billy siempre eran más grandes, más coloridos, incluso a veces eran nuevos.

Llegó el día de Navidad. Los dos niños se levantaron y corrieron a ver el árbol. Ese año los abuelos habían llegado pronto, estaban junto a los padres, esperándolos en la sala de estar. Había dos paquetes, uno cuadrado, como una caja de zapatos, y otro mucho más grande con un lazo rojo.

¡Toma, Arthur! En este paquete pone tu nombre —dijo el abuelo. Sonrió al niño y le dio la caja. Al mismo tiempo, la abuela y los padres ayudaban al pequeño Billy a desatar el lazo que llevaba el nombre de Billy escrito en mayúsculas.

¡Una bici! —gritó Billy. Miró a su hermano, muy contento— ¡Arthur, una bici! ¿A tí también te ha dejado Papá Noel una bici?

Arthur palideció y abrió el paquete. Eran unos patines con una pequeña rozadura en la puntera.

¡Qué bien, unos patines! —dijo su madre—. Así podréis salir a rodar juntos.

Arthur pensó que con dos bicis rodarían mejor que una bici y unos patines, pero no dijo nada. Quizá se podría agarrar detrás de la bici de Billy, que ni siquiera era una bici de verdad, era de ésas con ruedines para que los niños no se cayeran, para ir más rápido. Tampoco era roja del todo, era casi naranja.

¿Podemos salir a jugar? —dijo Billy. Daba saltitos, no paraba quieto y acariciaba el manillar, como si le hubiesen regalado un perrito.

Arthur, ponte los patines nuevos y acompáñale, —dijo la madre— ¡Y vigila que no se vaya muy lejos! Arthur no dijo nada.

Los dos niños salieron a la calle. Ese día estaba casi desierta, no pasaba ni un coche, así que enfilaron cuesta abajo por el medio de la calzada. Arthur se agarró a la parte de atrás y le susurró a Billy, pegado a su oreja: «¡Pedalea lo más fuerte que puedas!»

Poco a poco cogieron velocidad. Billy sudaba y tenía la cara roja por el esfuerzo. Saltaban en los baches y salpicaban nieve derretida a los lados, embadurnando los bajos de los coches aparcados. No se cruzaron con ningún vecino.

Se aproximaban a un cruce principal. Arthur lo vio, y al vehículo que se acercaba también lo vio. Miró sus patines y la espalda de su hermano. Miró la bici. Empujó con todas sus fuerzas y se soltó.

Una furgoneta Ford arrolló a Billy y su bicicleta nueva. Arthur derrapó con sus patines no-tan-nuevos y se agachó junto al guardabarros de un Chevy a esperar la llegada de la ambulancia y de la policía. Le encantaba el sonido de la sirena, casi tanto como la bicicleta roja del escaparate del señor Wilson.

Espero que os haya gustado, ¡hasta pronto!

Final de la XI edición de Relatos en cadena

final

El lunes 2 de julio es la gran final de la XI edición del concurso Relatos en cadena, de Escuela de escritores y la Cadena Ser en su programa La Ventana. Por alguna razón, soy finalista con el microrrelato Pagar las facturas, ganador del mes de marzo, y quería recopilar el trabajo de mis compañeros para que estén todos estos micros tan dispares junticos y a mano. Así, de paso, releo el trabajo de los finalistas.

Septiembre 2017 – Patricia Collazo

Itinerantes

La casa ha comenzado a llenarse de hormigas, dice mi madre. Y nos mudamos de ciudad. Eso ocurre cada tres o cuatro meses. Mi hermana y yo hemos pasado por tantos colegios que ya no recordamos sus nombres.

Cuando nos instalamos, llama a mi tía y le dice que ya estamos a salvo. Pero nunca le quiere dar la nueva dirección. Te conviene no saberla, suele decirle. Como si las hormigas fueran capaces de sonsacársela para poder dar con nosotros de nuevo. Aunque tome tales precauciones, lo mismo da. Ellas terminan encontrándonos. Y toca recogerlo todo, cargar el coche y cambiar de amigos y de cole. Otra vez.

Octubre 2017 – Francesc Barberá

El deseo

La ciudad del amor cambió totalmente a papá. Cuando volvieron del viaje, mamá estaba entusiasmada. Pero no tardó en arrepentirse de haber pedido aquel deseo. Papá hacía cosas muy raras: todas las noches le cantaba una serenata y le llenaba la habitación de rosas. Incluso llegó a contratar un avión para que dibujara sus nombres en el cielo. Han decidido volver a París. Papá quiere casarse frente a la Torre Eiffel. Mamá está deseando regresar a aquel puente, cerrar los ojos y pedir que todo vuelva a ser como antes.

Noviembre 2017 – Carmen Alonso

Mi bebé

Y se ríe, se ríe con cualquier cosa. Se ríe al despertarse, y antes de dormir, y cuando lo tomo en brazos y lo beso, y cuando salimos a pasear, y cuando lo baño. Solamente llora cuando le doy de comer, no le gusta la papilla que le hago con patata, zanahoria y un poco de pollo; lo pongo todo a hervir y cuando está hecho lo paso con la batidora.
Desde el día en que lo vi en el parque supe que yo sabría hacerle feliz. ¿Qué será lo que le falta al puré?, ¿Qué será lo que le ponía su madre?

Diciembre 2017 – Victoria de la Fuente

Padre permisivo

Su padre también le dejaba conducir la furgoneta, arreglar la cerca, bajar los sábados al cine del pueblo, ir al bosque a coger leña y piñas para encender la chimenea y, esa Navidad, le permitió poner él solo las luces del árbol. Lo único que le tenía prohibido, desde que su madre los abandonó para irse con otro, era bucear en el lago que había al lado de la casa.

Enero 2018 – Lorenzo Rubio

Mimos

Pestañeó dos veces para decir que sí estaba bueno el filete, pero se había quedado con hambre. Su mujer le respondió con aplausos. Claramente, eso significaba te fastidias, haberlo acompañado con pan. Enojado, él se tocó las orejas para pedirle el divorcio, pero automáticamente ella reaccionó tirándose de los pelos. Era lo más bonito que nunca le había susurrado, así que la perdonó hurgándose la nariz. Fue cuando su esposa hizo la ola levantando y bajando los brazos, una señal inequívoca. Excitadísimos los dos, se fueron dando saltos de rana hacia el dormitorio. Ya recogerían la mesa mañana

Febrero 2018 – Rafa Olivares

Dilema

Se quedaban discutiendo dónde pondrían el sofá durante horas. Aunque en realidad las opciones no eran tantas: o bajo la palmera o en la orilla, con los pies a remojo mientras pescaban.

Marzo 2018 – Fernando Díaz Pérez

Pagar las facturas

Salieron juntos cogidos de la mano después de limpiar el cuadrilátero, coserse las heridas y darse una ducha. Como cada noche, se llevaron el montante de la bolsa a casa. Abrazados en la cama, dijeron que sería la última vez; ya se las apañarían para pagar las facturas.

Abril 2018 – Alba Baro

Luchas a distancia

Pesaban muy poco pero aplastaban sueños. Seleccionábamos las piedrecillas más pequeñas, aquellas que apenas se percibían escondidas en nuestros bolsillos. Luego, encogidos entre los arbustos, apuntábamos, guiñando un ojo, mordiéndonos la lengua, para terminar celebrando en un silencio exultante cada barquito derruido. Al otro lado, los niñitos repeinados, con cuellos camiseros y pantalones de pana lloriqueaban demandando la presencia de sus nanys.

Décadas después se cobraban su venganza. Con sus ligeras plumas trazaban gráciles firmas que nos enviaban de una patada a las duras calles.

Mayo 2018 – Nicolás Jarque

Venganza mortal

Cuando éramos jóvenes practicábamos la inconsciencia, hacíamos gala de ello. Quien más quien menos, entre mis amigos, se solía emborrachar, caminar por la barandilla del puente de los colgados, nadar a contracorriente las noches de mar picada. La Muerte nos temía. Cuando la veíamos aparecer al final de una callejuela, en el rincón más oscuro de una taberna o en medio de un tumulto, con esa pose tan regia, nos mofábamos sin piedad. Ella bajaba la cabeza y se marchaba arrastrando su túnica. Ahora nos arrepentimos. Pasan los años lentamente y la Muerte se ha olvidado de nosotros.

Junio 2018 – Asier Susaeta

Mundo subterráneo

Prefiero las ratas porque, aunque lentas, son de fiar. El resto prefiere tirarles huesos a los caimanes para que se los traigan, luego los acarician y claro, así a casi todos les faltan dedos. Por suerte sólo se necesitan dos para jugar a los bolos con una calavera de las redonditas, de las de abuela. Al quién es quién, sin embargo, pueden jugar hasta los mancos. Cronometramos un minuto de lloriqueos, cada uno hace su apuesta y después les preguntamos cómo se llaman a través de la alcantarilla. Los muy ilusos siempre nos hacen prometerles antes de responder que los dejaremos entrar.

— x —

Son buenos, ¿verdad? No sé cuál es el sistema de votación en la final ni cuántas personas votan; no me gustaría estar en el pellejo del jurado. Tengo un par de favoritos, relatos de esos que lees y te dejan poso, pensativo, dándole vueltas, relees y asientes en silencio. Por lo que a mí respecta, el micro elegido será justo vencedor porque, en el fondo, todos me gustan.

Intentaré parecer un ser humano integrado durante la jornada, no como la ameba en que me he convertido (más) durante el estudio de la oposición. Será interesante: visita a la sede de la Escuela de escritores (que conozco bien), comida con los compañeros finalistas, Javier Sagarna y Germán Solís, y visita a los estudios de la Ser para dar en directo la final. Si por lo que sea me preguntan algo y soy capaz de pronunciar más de dos palabras, diré que la constancia es la mejor virtud para escribir algo, lo que sea. Siempre es mejor escribir que no hacerlo, da igual el resultado. Si no escribes, nunca escribirás nada. Juro (dedos cruzados) que no me acuerdo de los greatest hits de M.Rajoy al decir esto.

final
«¡Claro que me lo estoy pasando bien!»

También tengo curiosidad por ver la redacción de la Ser tantos años después, fui de niño y aún conservo esos recuerdos basados en imágenes difuminadas de micrófonos amarillos, sonidos huecos dentro unos auriculares gigantescos que me ponían cuando acompañaba al estudio a mi madre.

Gracias por llegar hasta el final del camino, el curso que viene habrá más microrrelatos. ¡Feliz verano!

 

Microrrelatos junio 2018

En este mes de junio en el que no llega el calor como en iglú a la intemperie, termina el concurso de la Cadena Ser y la Escuela de Escritores de relatos en cadena 2017 – 2018. Más de treinta semanas de programa para llegar a la final anual que, según las últimas informaciones, será el lunes 2 de julio.

Pero aún queda junio y la entrada del verano, así que de momento vamos con la semana 30.

Semana 30: Los dejaremos entrar. Plazo de presentación, hasta el jueves 7 a las 12:00h. Salida en antena en La Ser, lunes 11 sobre las 18:45h.

Ataque

Los dejaremos entrar si la cosa se pone fea. No tengo el bar para turistas.

Ya se ha puesto feo, el hombre del cuchillo ha apuñalado a la señora del perrito. ¡Viene hacia aquí!

Espera, no abras, parece que se entretiene con el gordo ése.

¿No es Sebas, tu marido? ¡Está sangrando! Se ha quedado tumbado, muy quieto. ¿Estará muerto?

Se le parece, pero podría no ser.

¿Y si es él?

Que no hubiera estado tan gordo.

Semana de ofuscación, no me salía nada.

Semana 31: Hablar de muertos vivientes. Plazo de presentación, hasta el jueves 14 a las 12:00h. Salida en antena en La Ser, lunes 18 sobre las 18:45h. ¡Última semana!

Un día cualquiera

Hablar de muertos vivientes minutos antes de bajar el cierre, a quién se le ocurre. ¡Barre la trastienda! ¡Archiva los albaranes! Los jóvenes de hoy sólo piensan en la tele y los videojuegos. ¡Muertos vivientes!

Eché la llave de la puerta, puse la alarma de la tienda y miré la hora: casi las ocho. Por la esquina, camino de la iglesia, venían los viejecitos de la residencia, con su andar pegajoso y sus gemidos espectrales. Cuando llegaron a mi altura, me uní a ellos.

Posdata: informaré por aquí del resultado de la final anual. ¡Recordad, 2 de julio!

Microrrelatos mayo 2018

mayo 2018

Empezamos el mes de mayo con la primavera amagando su llegada. Tanto si hace bueno como si hace frío, hay que seguir con los microrrelatos de la Cadena Ser y Escuela de Escritores. Aquí están los míos.

Semana 26: Deberías ver las rozaduras de mis talones. Plazo límite: jueves 3 de mayo 12.00h. Salida en antena: lunes 7 de mayo sobre las 18.45h.

El legado de Dorothy

Deberías ver las rozaduras de mis talones después de cada encantamiento. Golpearlos tres veces cada vez que quieres algo es una lata y, además, estos zapatos de rubíes no son de mi talla. Me los regaló mi madre antes de dejar el negocio familiar, aunque creo que habría preferido tener al cargo a una hija de pies pequeños y no a una futura jugadora de baloncesto de las Brujas de Kansas.

Sé que la frase final sería una frase de inicio terrible, y que mucha gente habrá llegado al mundo de Oz con el principio de esta semana, pero que me quiten lo bailao.

Semana 27: Cuando éramos jóvenes. Plazo límite: jueves 10 de mayo 12.00h. Salida en antena: lunes 14 de mayo sobre las 18.45h.

La reserva

Cuando éramos jóvenes la Tierra ya no existía, y ahora resulta que el Consorcio de Inteligencia Artificial quiere replicarla y convertirla en una especie de reserva para criaturas basadas en carbono, en un zoo sin jaulas, con organismos vivos pululando por ahí. ¿Te imaginas? Pues a todos los vecinos les ha llegado una carta con una invitación exclusiva para la inauguración. A nosotros también. ¡Todo el mundo tiene una! Iremos junto a cientos de miles de personas llegadas de todos los planetas habitados.

No estoy muy seguro de que se entienda lo que quiero. Vaya plan.

Semana 28: La muerte se ha olvidado de nosotros. Plazo límite: jueves 17 de mayo 12.00h. Salida en antena: lunes 21 de mayo sobre las 18.45h.

Burocracia

La muerte se ha olvidado de nosotros y de toda esta gente. ¿Qué número tiene usted? ¿El 527? Yo tengo el 841. Hace unos días pensé que el luminoso estaba estropeado, pero ayer cambió del 102 al 103. ¿Ve al pobre diablo junto a la máquina de café? Pasó meses haciendo cola y resulta que le faltaba un papel. Tuvo que volver. Ahora lleva un niño, un bebé que debió nacer mientras no estaba en casa. Con un poco de suerte, pasarán antes de que llegue la comunión.

Por mandar algo. Es horrible, lo sé.

Semana 29: Prefiero las ratas. Plazo límite: jueves 31 de mayo 12.00h. Salida en antena: lunes 4 de junio sobre las 18.45h. A efectos de concurso pertenece al mes de junio.

La misma piedra

Prefiero las ratas de cuatro patas, no hay matices en su forma de mirarte, sabes qué están tramando para arrancarte las mejillas, tiernas y sabrosas, y saborearlas con perlas rojas cayendo de los bigotillos a cada movimiento de hocico. Sin embargo, las ratas de dos patas te sacan los ojos y se comen tu corazón y aún así sigues creyendo sus mentiras.

Necesidad

Prefiero las ratas a los perros porque distinguen a las buenas personas de las malas. Llegado el caso, ¿cuál de ellas sería capaz de comerse a su perro?

Y se acabó mayo.

Concurso Zenda #cienciaficción

Nunca he escrito ciencia ficción. He leído mucha, muchísima. Hyperion (Dan Simmons, 1989) es mi biblia particular, Alcaudón mi nick habitual y… anda,  el nombre de este blog. Lo último ha sido El bosque oscuro, del autor chino Cixin Liu, que es excelente. En fin, a lo que iba. No seáis demasiado duros, que es mi primer relato Sci-Fi. Os dejo con El colapso, sus virtudes y sus fallos.

El colapso

Seth Lucas vio en directo por televisión cómo Naciones Unidas daba el planeta por perdido.

…Se insta a la población a que decida cuanto antes si se quedará en La Tierra a la espera de que colapse el Sol o si emprenderá un viaje espacial de resultado incierto…

La periodista parecía a punto de levantarse. Le temblaba la mano con que sujetaba los papeles. Seth estaba tranquilo. Había decidido meses atrás, cuando los primeros datos apuntaban al desastre que se avecinaba, que se quedaría. Al fin y al cabo, no todos los días se puede ver desde la ventana de la cocina cómo colapsa una estrella, pensó.

El puerto de embarque más cercano a su casa era Base Aldrin 2. Una gran explanada contenía las zonas de despegue rodeadas por un anillo de oficinas. En la zona más exterior, los controles de entrada delimitaban las instalaciones. Allí era donde se congregaba la multitud en espera de poder embarcar en alguna de las naves seminales.

Seth vivía en unos edificios de apartamentos de veinte pisos de altura que daban al perímetro de la base. Desde su casa, en la planta cuatro, casi podía oler la riada de personas que pasaban bajo su ventana. Desde que su mujer lo abandonó, no tenía más compañía que su perro labrador Dickens. Los perros no podían ir al espacio, no por el hecho en sí de ser un perro, sino porque era imposible ligar la posesión de una pila atómica a algo no humano. Seth tenía su pila codificada genéticamente encima de la mesa de trabajo, rodeada de fajos de papel, lápices y una lámpara antigua sacada de un contenedor. Seth y Dickens esperarían el fin del mundo juntos con un cubo de palomitas recién hechas y unos huesos Titán.

Las paredes del apartamento eran de papel. Los Ishizaki discutían otra vez en el piso de al lado. De fondo, se oía llorar a Ryo, el niño de cinco años, con quien Seth hablaba de superhéroes cuando se encontraban en el ascensor.

¡Cómo has podido! Eres un canalla. Oyó cómo se rompía algo de cristal.

¡No podía perder, era una apuesta segura! Me han engañado —dijo el marido—. Me han engañado.

Sólo queda la pila de Ryo —lamentó la mujer—. Sin nuestras pilas, estamos atrapados en La Tierra.

La pantalla visualizadora autocargable de Seth notificó el enésimo aviso de evacuación. Pensativo, cogió una mochila y metió la pantalla en ella; también la pila atómica y un muñeco de Batman. Se echó algo de colonia. Salió al descansillo y tocó el timbre de los Ishizaki.

Ryo ya no lloraba. La señora Ishizaki abrió la puerta. Llevaba el conjunto habitual de blusa blanca y falda gris de tubo con el que iba a trabajar.

Siento si le hemos molestado. La mujer ya empujaba para cerrar.

Un momento —dijo Seth. Miró de arriba abajo a la señora Ishizaki—. Quiero proponerles una cosa. Sacó un poco la pila de la mochila. El señor Ishizaki observaba desde una esquina de la sala de estar. Tenía los faldones de la camisa colgando por encima del pantalón y las mangas remangadas.

Se sentaron los tres en el sofá, frente a una mesita de cristal. Seth sacó la pantalla y la pila. Cuando vieron la pila, los Ishizaki se miraron, confusos.

No he podido evitar oir lo que decían. ¿Quieren salvar al niño? Les ofrezco un trato. Estoy dispuesto a transferir mi pila a uno de ustedes; lo que pido a cambio es muy poco. Puso la mano sobre el muslo de la señora Ishizaki, subió y bajó lentamente, y sonrió.

Hablaron. Discutieron. Al terminar, Seth se levantó, le dio el muñeco a Ryo y le guiñó un ojo a la señora Ishizaki.

Cuando se decidan, avisen. Pero no tarden, a saber cuánto dura el Sol… Estaré en mi apartamento.

Sonaron unos nudillos en la puerta del apartamento de Seth. Hizo pasar a la señora Ishizaki. Dickens movía el rabo, encantado de recibir visita.

Encierre al perro, por favor. Les tengo un miedo de muerte.

Claro, claro —dijo Seth. Ya estaba fantaseando con la cremallera de la falda sobre la cadera derecha. Metió a Dickens en la cocina, cerró la puerta y se giró, sonriendo.

¿Qué le parece si vamos a la hab…?

No terminó la frase. La señora Ishizaki tenía un pequeño revólver en la mano derecha. Seth se quedó mirando el cañón.

Siéntese, con las manos a la vista —dijo la mujer, señalando la silla de escritorio con el cañón del arma.

Tranquila, era una broma. ¿No lo ve? Jamás se me ocurriría aprovecharme de…

Silencio. —La señora Ishizaki se dirigió hacia la puerta del apartamento y la abrió, sin dejar de apuntar a Seth. Su marido entró en casa de Seth—. Ahora va a programar su pila con mi ADN.

Seth hizo lo que le pedían. Codificó la pila atómica con las características de la señora Ishizaki. ¿Y ahora qué?, pensó.

Los Ishizaki encerraron a Seth en la cocina, con el perro. El marido se quedó en el salón, con el arma, para que no escapara, mientras su mujer y su hijo preparaban las maletas en el otro apartamento. Una hora más tarde, asomado a la ventana, los vio sumarse a la riada de personas que fluían bajo la ventana en dirección a la Base Aldrin 2.

Ishizaki miró el revólver y a la puerta de la cocina. Amartilló el arma y giró el pomo. Dejó salir a Dickens, entró y se encerró con Seth Lucas.

 

ACTUALIZACIÓN: ya ha salido en Zenda la lista con los diez relatos que pasan a la final. El colapso no está entre ellos, claro. ¡Enhorabuena a los afortunados! Los podéis leer aquí.

IV Concurso de microrrelatos EAPN España

Dejo por aquí otra convocatoria con microrrelatos de por medio. El tema no es tan lúdico como el del cine del último artículo, pero es muy importante. En este caso el plazo acaba el 16 de abril, ¡daos prisa! También tiene un premio a la altura del certamen, aunque no sea la razón que busquéis para participar.

El microrrelato con el que participo se basa en la misma idea que otro que ya escribí para relatos en cadena: cómo enfrentarte a un desahucio. Ahí va, espero que os guste:

El lanzamiento

Una llamada al timbre sorprendió a Ana recién levantada, con la cafetera de aluminio al fuego. Es demasiado pronto, pensó. Corrió la mirilla. Un casco de asalto tapaba casi todo el descansillo. Se adivinaba una fila de cuatro o cinco hombres de uniforme. Dos de ellos sostenían un ariete negro, brillante y aceitado.

¡Un momento! No estoy vestida.

El ariete llamó a la puerta.

¡Ya voy, ya voy! Ana corría por la casa para coger la maleta que tenía preparada.

La cerradura saltó y las bisagras cedieron. Ana cayó de rodillas, con las llaves en la mano.

¡Hasta la próxima!

V Concurso de Microrrelatos ‘Rodando’

Ya que no consigo escribir nada decente más allá de algún microrrelato que otro, he enviado una cosa a este concurso convocado por la Escuela de Escritores. El premio es muy interesante, un curso de verano del crítico cinematográfico Jordi Costa, así que os animo a participar. En el enlace de la Escuela está toda la información.

¡Sólo hasta el 7 de abril!

Lo que el viento se llevó

Voy a rodar mi primer corto.

Serás Clark Gable en Lo que el viento se llevó —dijo mi nieta, la directora. En mi casa se decía gable, no gueibol, pero me vale.

¿Habrá escena de beso? Avísame si hay escena de beso, que he perdido la práctica. Mi Vivien murió antes de que tú nacieras.

Tranquilo, abuelo, es una versión moderna. Scarlett pasará de Rhett y se irá a la guerra, no será en Atlanta sino en Móstoles, y no habrá esclavos.

Entonces no es Lo que el viento se llevó.

Será mi Lo que el viento se llevó.

Me he hecho gracia a mí mismo jugando con lo de «corto» y  «Lo que el viento se llevó». Sí, lo sé, dejadme.

Microrrelatos abril 2018

Empezamos abril con la semana 23 de Relatos en cadena. Quedan tres meses de concurso y luego… ¡final anual! Me hace ilusión, creo.

Semana 23: Nos enviaban de una patada a las duras calles.

Contrato por obra

Nos enviaban de una patada a las duras calles después de cada obra a la cola del paro. Capataces, obreros o gruistas, lo mismo daba. Los sacos de escombro llenos de azulejos, las palas herrumbrosas y los cascos llenos de polvo permanecían tirados hasta que alguien los veía, se los llevaba y los revendía para sacar cuatro perras. Quizá ellos tuvieran alguna oportunidad de seguir siendo útiles.

Semana 24: Era nuestro sueño.

Era nuestro sueño desde que leímos It: conocer a Stephen King. Surcamos el océano, condujimos un Mustang y llegamos a Maine. Un lugareño con un traje de payaso al que le faltaba uno de los pompones que hacían de botón, nos dijo que no nos molestáramos: la supergripe había acabado con toda la familia King. Y con los los demás, ya que preguntan, dijo. Pero vengan, vengan conmigo: aquí abajo todos flotan. Vosotros también flotaréis.

Vaya. Te habrás quedado a gusto, pensarás. Bueno, esta semana de m*****a es lo que hay, lo siento, me he equivocado y no volverá a ocurrir.

Semana 25: No seas impaciente.

Hora de comer

No seas impaciente, decía siempre la señorita. Le miraba a los ojos y sonreía, llenaba la cuchara de puré y se la acercaba a la boca. Una, dos, tres veces seguidas, hasta que a la cuarta él lanzaba un gemido. No seas impaciente, repetía la señorita, aún queda puré. Él oía la intención en el tono de ella, pero no le consolaba. En realidad, se estaba quemando la lengua. Lo que peor llevaba a sus treinta y siete años era no poder decírselo a la señorita.

No ha sido un mes inspirado, la verdad.

El de la semana 26 lo pongo en mayo, a ver si así consigo ordenar mejor los contenidos.