Microrrelatos de diciembre

diciembre

¡Diciembre! Navidad a la vuelta de la esquina. Qué ganas, eh. Pongo a los Hermanos Marx en portada para, al menos, tomarlo con humor.

Vamos con los microrrelatos del mes. Recordad que los publico cuando: 1) Ya ha terminado el plazo para presentarlos a concurso. 2) Me acuerdo de hacerlo.

El punto 2 es muy importante.

Semana 11: Tardaría en encontrar la llave que necesitaba.

La costumbre

Tardaría en encontrar la llave que necesitaba si no elegía un buen método de clasificación. Por tamaño, por color, por número de dientes. Aunque ya daba igual. Caminó con la cabeza gacha. Deslizaba las llaves una a una por la anilla y recordaba al tendero que le había hecho las copias, un hombre gruñón con matas de pelo blanco sobre las orejas que limpió las asperezas con una pequeña lima. Llegó al portal de su casa. Subió a su piso y vio el precinto de la policía. Había olvidado que le habían desahuciado. Dio media vuelta, bajó a la calle y tiró el llavero por una alcantarilla.

¿Es tan malo como parece?

Semana 12: Su padre también le dejaba conducir la furgoneta.

Carpe diem

Su padre también le dejaba conducir la furgoneta desde que desapareció su madre. Al principio, aceptó que viera la tele hasta las tantas y que se acostase tarde; después llegó lo de cenar pizza todos los días, nada de espinacas con bechamel. La cama de su habitación estaba siempre deshecha y el hámster, tieso por el rigor mortis. Conducir con doce años era una pasada y, al final, dejó de ir al colegio. Todo eran ventajas: quizá el año que viene también matase a su padre.

Éste me gusta más, aunque el final… Psé.

Semana 13

El lago

Bucear en el lago que había al lado de la casa fue lo primero que me prohibieron al empezar las vacaciones. Había un muelle de madera medio podrido con unas escalerillas metálicas al final. Me asomé y pisé el primer peldaño. Bajo el agua algo brillaba cuando le daba el sol. Segundo peldaño, el agua me llegaba casi a la cintura. Me puse las gafas de bucear y me hundí. Algo seguía lanzando destellos al fondo. Bajé y bajé pateando el agua, me pitaban los oídos, y entonces lo vi: un espejo que reflejaba mi cara y detrás, unas fauces abiertas acercándose a toda prisa.

Está claro, no ha sido un buen mes para mis microrrelatos.

Microrrelatos de noviembre

noviembre

Aquí dejo los microrrelatos correspondientes al mes de noviembre.

Semana 7 de Relatos en Cadena 2017 – 2018

La botella de champán

Y se ríe indisimuladamente, el muy canalla —pensó ella. Dejó la botella de champán como le habían enseñado en la escuela de hostelería, se irguió y puso su mejor sonrisa falsa.

¿Desean algo más los señores? —preguntó. No se explicaba cómo había obtenido esa reacción con su mejor truco para ligar; siempre lo usaba con los hombres para sacar buenas propinas.

Los dos hombres alzaron la mirada. Uno extendió el brazo inquierdo sobre el mantel; el otro lo interceptó con su mano derecha. Se apretaron la mano con ternura.

Nada más por ahora, gracias.

Semana 8 de Relatos en Cadena 2017 – 2018

Mario y María

¿Qué será lo que le ponía su madre? María fruncía el entrecejo, caminaba despacio por la casa, respiraba en los rincones. No había manera de recordar. Fue a su habitación. Abrió el último cajón de la cómoda, metió el brazo hasta el fondo entre chándals y jerséis. Tocó algo suave, con encajes. Lo sacó con cuidado. Era un disfraz. Entre los pliegues había una foto. Era él, en El Retiro, vestido de princesa, con una sonrisa que casi no cabía en la imagen. Su madre siempre entendió que, en realidad, Mario era María.

Semana 9 de Relatos en Cadena 2017 – 2018

El equipo de los vivos

No podremos salir del castillo hasta el próximo Halloween. Da igual, aquí tenemos todo lo necesario para entretenernos. Hay momias, licántropos, vampiros e incluso un zombie —está un poco pocho, pero con sus lentos paseos le da alegría a los pasillos húmedos y a las habitaciones mohosas—. Mi familia y yo somos los únicos seres de sangre caliente, ¡el equipo de los vivos! Lo malo es que todos los demás quieren que cambiemos de equipo.

Semana 10 de Relatos en Cadena 2017 – 2018

Otro camino

No pudo seguir adelante sin ella después del funeral. Lo intentó todo: se emborrachó con los amigos, le dieron calabazas en una app de ésas para encontrar pareja, fue al psicólogo. Incluso hizo horas extra en la oficina. Pero al volver a casa, en el sofá seguía el cojín con su postura marcada, la cama creció hasta convertirse en una llanura siberiana, la toalla de ducha de la derecha hacía meses que no se cambiaba. Incluso la cafetera borboteaba demasiado café para una sola taza. Al final, hizo lo único que podía hacer para superar el duelo: la desenterró y se la llevó a casa.

 

Microrrelatos de octubre

microrrelatos

Al final siempre ando liado con alguna cosa y se me olvida actualizar el blog. Creo que puede ser una buena idea utilizar una publicación al mes para los microrrelatos, ir añadiendo uno cada semana a la misma entrada y cerrarla a 30 o 31.

Voy a empezar con octubre, así que repetiré el que aparece en la entrada anterior y pondré los que ya están terminados.

 

Semana 4 de Relatos en Cadena 2017-2018

Estuvo bien

La ciudad del amor fue nuestro último viaje juntos. Estuvo bien. Me dijo «te quiero» dos veces. Sólo me pegó cuando lo merecí de verdad. Apenas gasté maquillaje. Nada de cabestrillos, visitas nocturnas al médico o disparatadas historias que justificaran los morados. Sin embargo, al mes de volver a casa, una noche llegó con los ojos inyectados en sangre y me apaleó hasta dejarme en coma.

-¡Puta! -gritaba mientras me mataba.

Cuando desperté en Urgencias, pregunté por él. Un policía dijo que se había suicidado.

-Creería que la había matado a golpes, señora -declaró.

Yo sólo pude recordar nuestro último viaje juntos. Estuvo bien.

 

Semana 5 de Relatos en Cadena 2017-2018

El ascensor

¡Que todo vuelva a ser como antes! —exclamó el señor López, del 3ºB, golpeando el suelo con el bastón. La reunión de vecinos llegaba a su fin. El nuevo ascensor taparía la ventana de su cocina, la única por la que entraba luz natural. Pensó que veinte años en el edificio le darían más voz, pero no fue así. La señora Aguirre, esa bruja del 4ºA, se encargó de ello; dijo a todos que, si aprobaban el ascensor, cedería su terraza ático gratis para una barbacoa al mes. Él ofreció café con magdalenas con una buena novela radiofónica de fondo. Sólo consiguió que se rieran de él.

 

Semana 6 de Relatos en Cadena 2017-2018

El acantilado de los López

Vuelve a pedirme que le empuje, —susurró la tía Matilde con la voz rota. Ninguna de las dos éramos capaces de hacerlo. El tío Miguel nos dijo, casi con las últimas palabras que pudo pronunciar antes de quedar paralizado por el cáncer, que quería terminar sus días en el acantilado, ése que está tras la casa del pueblo.

Cuando acecha la muerte, los hombres López se tiran —confirmó la tía Matilde. Siempre fue así.

Esta vez no iba a ser una excepción. Nos miró. Juntas, dimos dos pasos hacia delante. El fuerte viento salobre nos hacía lagrimear. Nos asomamos, pero no vimos nada.

Espero que os gusten los microrrelatos del mes. Como dice un compañero de Escuela, ¡seguimos!

¡Estoy vivo! ¡Vivo!

He vuelto.

Nunca me fui a ninguna parte, pero he vuelto. He probado suerte en el mundo laboral como autónomo, con mi propia tienda, y qué queréis que os diga: pierdes tiempo, dinero, calidad de vida y se te fríe el cerebro 24/7.

Nunca más.

Lo primero que hice, semanas antes del cierre, fue asegurarme de mi regreso a la Escuela de Escritores. Empiezo de nuevo en Relato Breve tras el coitus interruptus del año pasado. Lo segundo, aunque solapado con lo primero, trazar un itinerario de futuro; ahora soy opositor a una plaza de orientador educativo en las oposiciones de 2018.

Me acostumbro a esta nueva condición como puedo. De momento, participaré en los relatos en cadena cada convocatoria, si me acuerdo, empezando por esta cuarta semana de concurso. La frase de inicio es «la ciudad del amor». Aquí está mi microrrelato, titulado «Estuvo bien».

La ciudad del amor fue nuestro último viaje juntos. Estuvo bien. Me dijo «te quiero» dos veces. Sólo me pegó cuando lo merecí de verdad. Apenas gasté maquillaje. Nada de cabestrillos, visitas nocturnas al médico o disparatadas historias que justificaran los morados. Sin embargo, al mes de volver a casa, una noche llegó con los ojos inyectados en sangre y me apaleó hasta dejarme en coma.

-¡Puta! -gritaba mientras me mataba.

Cuando desperté en Urgencias, pregunté por él. Un policía dijo que se había suicidado.

-Creería que la había matado a golpes, señora -declaró.

Yo sólo pude recordar nuestro último viaje juntos. Estuvo bien.

De momento no me salen cosas más decentes, pero de alguna manera hay que empezar.

También espero volver por aquí más a menudo.

No es un adiós, es un hasta luego

Los Reyes Magos no han tenido a bien concederme el don de la ubicuidad. Que qué les costaba, si son magos. Pero nada, no se han bajado del burro. Así que de momento, en una retirada que espero que sea momentánea, debo aparcar la Escuela y dejar a medias —esto sí que me repatea— el curso de relato breve.

De momento el trabajo me impide volver a clase y no tiene pinta de cambiar en un futuro cercano. «Pues no vayas a trabajar, deja de quejarte». Hay que ver las voces de la cabeza, eh. Que como viven tan pichis en el subconsciente sin pagar alquiler ni consumir electricidad —afirmación esta última cuanto menos discutible si tenemos en cuenta que el cerebro funciona mediante impulsos eléctricos— creen que lo saben todo.

Sé que hay autores que se levantan a las cuatro de la madrugada a escribir, gente con una capacidad de sacrificio más allá de lo razonable. Yo no soy uno de ellos. Me levanto a las siete y llego a casa a las nueve, catorce horas más tarde. Sé que se puede exprimir más el día, aprovechar los tiempos muertos a lo largo de la jornada (los hay, siempre los hay) pero no soy capaz. Espero serlo algún día. Sé que lo más probable es que, si no lo consigo, jamás llegue a nada en este mundo.

Estaré al tanto de certámenes, concursos y convocatorias varias, más con el ánimo de que me «obligue» a darle a la tecla que otra cosa. Siempre hay cosas interesantes en la Escuela de Escritores y sus relatos en cadena, en El Asombrario y sus propuestas mensuales con autores imprescindibles, en Zenda, con sus cheques llenos de ceros… Y seguiré pendiente de compañeras y profesores (Nacho, aunque los Reyes no repartan dones sí que regalan novelas).

No es un adiós, es un hasta luego.

No lo digas, muéstralo

no lo digas muéstralo

Esta semana el tema va de lo concreto y lo abstracto. Además de los apuntes de Isabel, muy buenos, me quedo con una cita célebre que no por mucho repetir deja de perder vigencia: «No lo digas, muéstralo», de Henry James.

Relatos en cadena 2016-2017: semana 5

microrrelato

Hace años que sigo este concurso literario y radiofónico a partes iguales. Las bases para participar están aquí.

He enviado cosas alguna vez, aunque sin la constancia de presentar un microrrelato cada convocatoria. Esta temporada ya va por la quinta semana y he conseguido presentar dos.

Gran parte de culpa la tiene un compañero que actualiza su blog TODOS los días —me canso sólo de pensarlo— y que nos anima a dedicar un rato a la tarea de escribir un microrrelato en cien palabras y participemos. De momento lo voy a intentar y, si me acuerdo, colgaré por aquí el resultado del combate mental de contar una historia en tan poco espacio; me he puesto de límite para esta tarea una hora, que si no con cada relectura te entran más ganas de cambiar cosas y no terminas nunca.

El microrrelato de esta semana es éste (en negrita la frase obligatoria de inicio):

Un gran alivio

Cuando se prendieron las cortinas de la cocina Juan estaba limpiando sus últimas poluciones nocturnas avergonzado, con la luz apagada y el pantalón del pijama arrugado a los pies de la cama. El pañuelo de papel no conseguía absorberlo todo y esparcía la mancha cada vez más. Cuando la humedad alcanzó el tamaño de un balón de playa, Juan se obligó a levantarse a buscar una bayeta. Se puso el pantalón, caminó hacia la cocina y entonces una sonrisa le iluminó la cara: ya no tendría que preocuparse por la mancha de la sábana.

Hasta la semana que viene si la constancia lo permite.

I Premio de Relato Breve Medardo Fraile

medardo fraile

Ya tenemos ganador del I Premio de Relato Breve Medardo Fraile: Miguel Ángel González. Las bases se pueden consultar en esta página web y el ganador en esta otra. 1476 relatos participantes, 3000 euros en premios con el patrocinio de Promora y cinco finalistas: «Como andar sobre carne blanda», «Cuando me haya ido», «Las cosas de Miguel y Paula», «Nosotras» y «Un saco con algo vivo dentro».

Acudí al acto del fallo del premio en la sede de la Escuela. Tenía curiosidad por ver cómo son estas cosas. Todo muy íntimo, poca gente. Escritores con carrera a sus espaldas por todas partes. Vamos, mucho nivel. No me quedé a los canapés posteriores, pero disfruté del evento. Una experiencia más.

Participé con «La trinchera diacrítica», una historia que escribí inspirado por una respuesta en Twitter de la RAE a un tuit que puse defendiendo la tilde diacrítica en la palabra solo. La versión colgada en este blog está tal cual lo pedían las bases, tipo de letra incluido. Hay un par de versiones en mi disco duro, pero ésta es la que presenté al concurso.

Disfruté muchísimo escribiéndolo y, aunque soy consciente de que no tiene nivel como para ganar ningún certamen, lo envié a este concurso por la figura literaria de la que toma nombre, Medardo Fraile, cuentista español al que conocí cuando empecé en la Escuela, sobre todo porque es una de las influencias más importantes de Ángel Zapata. Es un pequeño homenaje al realismo —y surrealismo— que tanto me gusta de sus historias.

«La realidad no sólo está ahí: se sueña, se crea». Medardo Fraile.

La trinchera diacrítica

trinchera

Mi vida cambió para siempre a primera hora de la tarde de un día ventoso y frío de febrero de 2012.

Estaba en mi casa, un cuarto piso del barrio de Las Letras con vistas a la calle. Nací en ella hace casi cincuenta y tres años, y siempre había sido mi hogar. Salí de la cocina tras echar un cigarro, costumbre de cuando todavía vivía mi mujer, que me obligaba a fumar allí, y pasé al salón de lectura, dispuesto a pasar la tarde sentado en mi sillón favorito leyendo un par de novelas de reciente adquisición en la librería de abajo.

Junto al sillón de orejas, colocado cuidadosamente en un ángulo determinado para que la luz natural incidiera sobre las páginas del libro al leer, estaba la pequeña colonia de tildes diacríticas expulsadas de sus palabras de origen tras la Reforma. Desde la primera vez que las vi correteando por la calle, ocultándose tras los postes de farolas y papeleras, me dieron un poco de pena, así que acogí a unas cuantas. No estorbaban, tenía espacio de sobra ahora que vivía solo y, a su manera —no hablaban ni nada parecido—, me hacían compañía. Las miré con ternura por encima de la gafas, me senté y abrí uno de los nuevos libros que aguardaban sobre la mesita de té. Comencé a leer.

Ya en las primeras líneas faltaban tildes por todas partes. Continué un poco más a ver si era cosa mía, pero no. La ausencia de tildes dañaba la vista. Miré el lomo y vi el año de edición: 2011. «Ya estamos»,—pensé contrariado. «La puñetera reforma de la RAE».

Si sólo hubieran sido una palabra o dos podría haberlo dejado pasar. O quizá ese día cayó la gota que colmó el vaso. O mis tildes refugiadas en el rincón del saloncito ya eran demasiadas. No lo sé.

Tenían que acabar con la gracia del adverbio «solo» y la elegancia de los pronombres demostrativos —mascullé—. Filibusteros.

Miré al frente, más allá del cristal de la ventana. Con un suspiro me levanté, cogí mi libreta y un lápiz bien afilado y me dirigí a la puerta de salida. Cogí la gabardina que solía usar en otoño de la percha de pie, guardé los pertrechos a buen recaudo en el bolsillo derecho y me calé a fondo el sombrero. Bajé a la calle decidido a luchar contra esta injusticia. Había oído que existían unas trincheras utilizadas por la Resistencia que cercaban la Academia. Salí en su busca.

Atravesé el portal de casa y giré a la derecha con determinación en mis pasos. Tres calles más abajo encontré un puesto de control. Era igualito al Check Point Charlie que ha quedado en Berlín para que los turistas se hagan fotos con soldados uniformados de época, sus sacos de arpillera rellenos de arena bien amontonados y las banderas rusa, alemana y estadounidense. En este caso, la enseña era de la Real Academia Española de la Lengua. En la cabina había un señor muy estirado con levita azul oscuro y charreteras, que salió al ver mi llegada y me preguntó con mucha flema:

¿Qué desea, caballero? ¿Puedo ayudarle en algo?

Claro —respondí—. Estoy buscado la línea de defensa de la tilde diacrítica, en concreto la de la palabra «solo», mi favorita.

El oficial retrocedió un paso y me miró de arriba abajo con una mueca de desprecio, los labios estirados y la mirada gélida. Se atusó el bigote, alargó el brazo y, señalando hacia delante, escupió las siguientes palabras:

Vaya por la siguiente calle a la derecha y a continuación, dos más allá, gire a la izquierda. No tiene pérdida. Se dará usted cuenta de que ha llegado por las caras largas, de abatimiento, de los atrincherados —respondió altanero.

Le di las gracias, a lo que contestó con un bufido, y se metió de nuevo en la cabina acristalada donde se reflejaban las nubes, que corrían en una frenética carrera hacia el oeste.

Al llegar a la siguiente esquina me topé con un tumulto. Un grupo de cuatro o cinco personas, brigadistas de la RAE, acosaba a un viandante, un hombre enjuto que iba encorvado sobre un montón de libros antiguos que llevaba entre los brazos, a los que parecía proteger con su cuerpo. Le gritaban «¡Carca! ¡Anticuado! ¡Rebelde sin causa!». Él les desafió: «¡No tenéis narices de atacarme sólo uno de vosotros!». Y ellos vieron que había puesto la tilde en ese «solo» y se enfurecieron. Le rodearon, cogieron los libros y comenzaron a arrancar todas las tildes diacríticas que encontraron entre sus páginas. Llovían tildes a la calzada en tal cantidad que comenzaron a formar remolinos en torno a ellos.

Al presenciar la escena, grité un par de improperios a los asaltantes pero no se detuvieron, sólo me miraron con desdén (con tilde, no se percataron) y media sonrisa de suficiencia. Cuando terminaron de incordiarle, dejaron solo al pobre diablo (nótese la ausencia de tildado) con muchas tildes enganchadas en la ropa y en el pelo.

El hombre sollozaba mientras recogía sus cosas y recobraba la dignidad. Las tildes ya se habían agrupado y escondido en una alcantarilla cercana cuando me acerqué a él para interesarme por su estado:

¿Se encuentra usted bien? —pregunté mientras le asía de un brazo para ayudarle a levantarse.

Malditos cobardes, intransigentes, piratas de la Lengua —masculló entre dientes. Alzó la mirada y me dijo:

Sin problema, no se preocupe usted, me pasa día sí, día también.

Me sorprendió tanto su declaración que, aún cogido del brazo, le pregunté a dónde se dirigía. Resultó ser ni más ni menos que mi punto de destino: la Trinchera en Defensa de la Tilde Diacrítica en el Adverbio Solo, así que le acompañé hasta allí.

TDTDAS, qué acrónimo tan horrible —comenté mientras caminábamos calle abajo.

Estamos trabajando en otro nombre más pegadizo que atraiga patrocinadores y nos financie el asunto, pero de momento es lo que hay —respondió.

Más tarde me enteré de que la Trinchera en Defensa de la Tilde Diacrítica en los Pronombres Demostrativos era independiente de ésta (con tilde rebelde), y que estaba un poco más allá de donde habían atacado al pobre diablo.

Llegamos a la trinchera, la TDTDAS ésa. Un señor muy agradable, con el cráneo pelado y canas sobre las orejas, de aspecto abatido y olor a derrota, nos ofreció un café caliente de un termo que tenía a mano. Su compañero nos presentó —y se presentó— y le contó que yo le había ayudado a regresar, que había reprendido a los atacantes, por lo que el hombre me miró con algo más de interés.

¿A qué se debe su visita, caballero? —me preguntó.

Me quité el sombrero y lo sostuve con la mano izquierda antes de responder.

Pues mire usted —respondí tras llevarme la taza a los labios y arrebujarme en la gabardina—, estaba leyendo en mi casa un texto de edición reciente cuando, de una vez por todas, me harté de este asunto de la supresión de la tilde diacrítica. Venía a visitar la trinchera para ver cómo están las cosas y después continuar camino de la Academia para dejar constancia de mi absoluto rechazo de la norma. Entonces he visto el salvaje ataque que sufría su compañero, con el resultado de dejar todas esas pobres tildes por ahí tiradas. Qué desperdicio.

Encomiable su actitud —dijo el anciano mientras asentía—. Pero no llegará más allá de esta trinchera. A los críticos no nos dejan acercarnos a menos de cien metros. Registran nuestros bolsillos, revisan nuestros libros y notas en busca de palabras rebeldes. Es imposible franquear el último control. Así que nos hemos hecho fuertes en este chaflán, bien parapetados para ver por dónde vienen los ataques y demostrar a estos rufianes que nuestra voluntad es férrea. No nos moveremos hasta que rectifiquen.

¿Y están teniendo éxito? —pregunté con interés, olvidado el café.

Llevamos ya varios meses de protesta sin resultado y los ánimos decaen, como usted compenderá —continuó mi anfitrión—. Ellos están tan campantes en su poltrona, cada uno con su Letra Mayúscula o Minúscula como escudo y protegidos tras los gruesos muros de la Academia, mientras que nosotros tenemos que aguantar las inclemencias del tiempo y a las Brigadas Diacríticas (usted se ha topado con una hace un rato), que entorpecen nuestra labor cosa mala.

Me hago cargo —dije mientras asentía y giraba el sombrero entre mis dedos.

También nosotros disponemos de nuestras propias patrullas, no se crea —prosiguió— pero cuando se disponen a acosar al enemigo salen malparadas. No sé si será por lo flacuchos que son —aquí la alimentación, con tantos meses en la trinchera, no es buena— o porque van tropezando con las tildes que se les meten entre las piernas, el caso es que vuelven a la carrera con la cabeza entre los brazos ante la lluvia de pronombres sin tilde que les tiran.

La batalla es desigual, por lo que me cuenta —dije frunciendo el ceño.

Y que lo diga. A pesar de la desventaja, le diré que tenemos algún topo, simpatizantes dentro de la propia academia. Uno de ellos, de lengua afilada y maletín de cuero, con un sombrero como el suyo, de fieltro marrón, suele venir a darnos ánimos con copias de artículos de periódico e intervenciones de personalidades relevantes que cuestionan la Reforma. Cuando no le siguen —teme estar siendo sometido a vigilancia por su conocida actitud beligerante y anda con pies de plomo— comparte unos minutos con nosotros y ante un café bien cargado nos cuenta batallitas internas coronadas por pequeñas victorias.

No podemos dejar esto abandonado porque nos borrarían del mapa de manera definitiva —continuó diciendo mientras señalaba las dependencias de la trinchera. Así que aquí estamos —prosiguió—. Toda ayuda es bienvenida, pero sepa usted que perdemos más batallas que ganamos, y que la guerra está siendo larga y agotadora.

Esta diatriba, unida al episodio que había vivido del ataque gratuito de las Brigadas contra su colega, el caminante defensor de las tildes diacríticas, me empujó a quedarme en el frente.

La trinchera es ahora mi hogar y, aunque son incontables las ocasiones en que los vándalos nos han robado la tilde del gran SÓLO que señala nuestra posición, seguiré en la lucha. Hemos obtenido pequeñas victorias, como aquélla de 2013 (nótese la tilde), cuando la Academia reconoció que los usos clásicos seguían vigentes en muchos lugares. Incluso hoy, en pleno 2016, varios académicos cuestionan desde dentro esa vil reforma ortográfica que se hizo con premeditación, alevosía y nocturnidad en el seno de la Academia, y que vio la luz durante el infame año 2010.

Así que aunque mi vida haya cambiado radicalmente resistiré, solo o acompañado. Y sólo tras la victoria volveré a los brazos de mi sillón de lectura preferido con las tildes diacríticas que fueron desterradas y que esperan justicia en mi piso.

Octubre apesta

octubre apesta

Estos días de octubre siempre se me atragantan. No ayuda que el 12 sea festivo; convierte la semana en algo especial, diferente de las demás, rompe la rutina que anestesia la memoria y propicia el recuerdo amargo.

Tampoco ayuda la insistencia de ciertas redes sociales —como Facebook— en recordarte lo que hiciste tal día de cuál año. En ocasiones arranca una sonrisa, como cuando te enseña una foto de Japón de aquellas vacaciones inigualables. Pero cuando se muere tu madre no hay imagen bonita que rescatar del baúl de los recuerdos digital de ese día concreto.

Que el tiempo anestesia el dolor es un hecho: la exposición reiterada a un estímulo produce el efecto de la habituación. Sin embargo, eso no significa que deje de doler a niveles profundos, más allá de la lágrima inmediata.

Cada uno lidia como puede con esos recuerdos de días difíciles, los racionaliza, aparca u olvida, se obsesiona, maldice o flagela. En mi caso, superado el pertinente periodo de duelo y pasados los años, he canalizado recuerdos y sensaciones escribiendo algunas cosas relacionadas. Siempre mezclando recuerdo y ficción, porque como dicen muchos autores, la realidad no siempre es verosímil, los recuerdos no tienen la textura necesaria para crear una buena historia. Y además, no escribo como terapia, no me parece la mejor opción si el objetivo es aprender a escribir, que es mi caso.

Los ejercicios de clase en «escritura creativa» me han servido para desarrollar algunos momentos peliagudos. Uno, el de tomar la decisión de desconectar a mi madre, en la UCI, del soporte vital. Otro, el de la recogida de las cenizas tras la incineración. Estos puntos de partida son verídicos (no sé si verosímiles, espero que en los relatos lo parezcan) y me sirvieron para introducir otros elementos en la historia relacionados con el tema a tratar en la clase correspondiente del curso.

Así que, tras este gigantesco marco introductorio totalmente prescindible para leer las dos historias que van a continuación, os dejo con «Apaga y vámonos» y «Las cenizas»; en el primero se trataba de trabajar el tiempo y en el segundo la técnica narrativa del monólogo interior. Os aconsejo que, antes de leer las siguientes líneas, echéis un vistazo a las dos historias primero (están hipervinculadas en su respectivo título).

[***]

Los apuntes teóricos que siguen a continuación están tomados del temario de Enrique Páez y completados por las aportaciones en clase de Isabel Calvo. Cualquier error u omisión en su contenido es mío.

En «Apaga y vámonos» el objetivo era trabajar con el tiempo del relato. En la sala de espera del hospital en la que está Pedro, nuestro protagonista, el tiempo objetivo que pasa es corto, de unos minutos, desde que toma la decisión de desconectar a su padre hasta que el doctor le comunica su muerte. Sin embargo, para Pedro esos minutos son mucho más largos, ante un tiempo objetivo transcurrido él siente que el reloj no avanza. Lo ideal para conseguir este efecto es que el personaje acumule gestos repetidos y monótonos para que el lector perciba la lentitud del tiempo, con oraciones compuestas, uso del tiempo pasado, verbos de pensamiento, para que todo ello evoque un tiempo lento.

Queda claro que en «Apaga y vámonos» no conseguí hacer un buen ejercicio. Pese a que intento que el lector se detenga en los detalles, introduzco una evocación de Pedro hablando con su hermano y un recuerdo en la puerta del hospital, al final recurro a la imagen del reloj y los diez minutos que han pasado. ¡Error!

Respecto a «Las cenizas». El ejercicio fue muy interesante. Muchas veces, se utiliza el monólogo interior como ejercicio de desbloqueo, para que fluyan las ideas sin cortapisas, sin las restricciones de puntuación, forma u otras convenciones. Dejas fluir el pensamiento en torno a una idea principal —en este caso la recogida y depósito de las cenizas— y coges tres o cuatro ideas periféricas sobre las que el pensamiento vuelve una y otra vez para dar forma a la historia —en nuestro ejemplo, el hermano insulso, la hora de comer, el frío que hace—.

En resumen: tenemos una estructura aparentemente desordenada, que se supone que fluye desde la parte más inconsciente de nuestro cerebro, que gira en torno a una idea central con varias ideas periféricas. Creo que este ejercicio me quedó mejor y, sobre todo, me lo pasé muy bien escribiéndolo.

Si alguien ha leído hasta aquí, gracias por aguantar la chapa.