No lo digas, muéstralo

no lo digas muéstralo

Esta semana el tema va de lo concreto y lo abstracto. Además de los apuntes de Isabel, muy buenos, me quedo con una cita célebre que no por mucho repetir deja de perder vigencia: «No lo digas, muéstralo», de Henry James.

Relatos en cadena 2016-2017: semana 5

microrrelato

Hace años que sigo este concurso literario y radiofónico a partes iguales. Las bases para participar están aquí.

He enviado cosas alguna vez, aunque sin la constancia de presentar un microrrelato cada convocatoria. Esta temporada ya va por la quinta semana y he conseguido presentar dos.

Gran parte de culpa la tiene un compañero que actualiza su blog TODOS los días —me canso sólo de pensarlo— y que nos anima a dedicar un rato a la tarea de escribir un microrrelato en cien palabras y participemos. De momento lo voy a intentar y, si me acuerdo, colgaré por aquí el resultado del combate mental de contar una historia en tan poco espacio; me he puesto de límite para esta tarea una hora, que si no con cada relectura te entran más ganas de cambiar cosas y no terminas nunca.

El microrrelato de esta semana es éste (en negrita la frase obligatoria de inicio):

Un gran alivio

Cuando se prendieron las cortinas de la cocina Juan estaba limpiando sus últimas poluciones nocturnas avergonzado, con la luz apagada y el pantalón del pijama arrugado a los pies de la cama. El pañuelo de papel no conseguía absorberlo todo y esparcía la mancha cada vez más. Cuando la humedad alcanzó el tamaño de un balón de playa, Juan se obligó a levantarse a buscar una bayeta. Se puso el pantalón, caminó hacia la cocina y entonces una sonrisa le iluminó la cara: ya no tendría que preocuparse por la mancha de la sábana.

Hasta la semana que viene si la constancia lo permite.

I Premio de Relato Breve Medardo Fraile

medardo fraile

Ya tenemos ganador del I Premio de Relato Breve Medardo Fraile: Miguel Ángel González. Las bases se pueden consultar en esta página web y el ganador en esta otra. 1476 relatos participantes, 3000 euros en premios con el patrocinio de Promora y cinco finalistas: «Como andar sobre carne blanda», «Cuando me haya ido», «Las cosas de Miguel y Paula», «Nosotras» y «Un saco con algo vivo dentro».

Acudí al acto del fallo del premio en la sede de la Escuela. Tenía curiosidad por ver cómo son estas cosas. Todo muy íntimo, poca gente. Escritores con carrera a sus espaldas por todas partes. Vamos, mucho nivel. No me quedé a los canapés posteriores, pero disfruté del evento. Una experiencia más.

Participé con «La trinchera diacrítica», una historia que escribí inspirado por una respuesta en Twitter de la RAE a un tuit que puse defendiendo la tilde diacrítica en la palabra solo. La versión colgada en este blog está tal cual lo pedían las bases, tipo de letra incluido. Hay un par de versiones en mi disco duro, pero ésta es la que presenté al concurso.

Disfruté muchísimo escribiéndolo y, aunque soy consciente de que no tiene nivel como para ganar ningún certamen, lo envié a este concurso por la figura literaria de la que toma nombre, Medardo Fraile, cuentista español al que conocí cuando empecé en la Escuela, sobre todo porque es una de las influencias más importantes de Ángel Zapata. Es un pequeño homenaje al realismo —y surrealismo— que tanto me gusta de sus historias.

«La realidad no sólo está ahí: se sueña, se crea». Medardo Fraile.

La trinchera diacrítica

trinchera

Mi vida cambió para siempre a primera hora de la tarde de un día ventoso y frío de febrero de 2012.

Estaba en mi casa, un cuarto piso del barrio de Las Letras con vistas a la calle. Nací en ella hace casi cincuenta y tres años, y siempre había sido mi hogar. Salí de la cocina tras echar un cigarro, costumbre de cuando todavía vivía mi mujer, que me obligaba a fumar allí, y pasé al salón de lectura, dispuesto a pasar la tarde sentado en mi sillón favorito leyendo un par de novelas de reciente adquisición en la librería de abajo.

Junto al sillón de orejas, colocado cuidadosamente en un ángulo determinado para que la luz natural incidiera sobre las páginas del libro al leer, estaba la pequeña colonia de tildes diacríticas expulsadas de sus palabras de origen tras la Reforma. Desde la primera vez que las vi correteando por la calle, ocultándose tras los postes de farolas y papeleras, me dieron un poco de pena, así que acogí a unas cuantas. No estorbaban, tenía espacio de sobra ahora que vivía solo y, a su manera —no hablaban ni nada parecido—, me hacían compañía. Las miré con ternura por encima de la gafas, me senté y abrí uno de los nuevos libros que aguardaban sobre la mesita de té. Comencé a leer.

Ya en las primeras líneas faltaban tildes por todas partes. Continué un poco más a ver si era cosa mía, pero no. La ausencia de tildes dañaba la vista. Miré el lomo y vi el año de edición: 2011. «Ya estamos»,—pensé contrariado. «La puñetera reforma de la RAE».

Si sólo hubieran sido una palabra o dos podría haberlo dejado pasar. O quizá ese día cayó la gota que colmó el vaso. O mis tildes refugiadas en el rincón del saloncito ya eran demasiadas. No lo sé.

Tenían que acabar con la gracia del adverbio «solo» y la elegancia de los pronombres demostrativos —mascullé—. Filibusteros.

Miré al frente, más allá del cristal de la ventana. Con un suspiro me levanté, cogí mi libreta y un lápiz bien afilado y me dirigí a la puerta de salida. Cogí la gabardina que solía usar en otoño de la percha de pie, guardé los pertrechos a buen recaudo en el bolsillo derecho y me calé a fondo el sombrero. Bajé a la calle decidido a luchar contra esta injusticia. Había oído que existían unas trincheras utilizadas por la Resistencia que cercaban la Academia. Salí en su busca.

Atravesé el portal de casa y giré a la derecha con determinación en mis pasos. Tres calles más abajo encontré un puesto de control. Era igualito al Check Point Charlie que ha quedado en Berlín para que los turistas se hagan fotos con soldados uniformados de época, sus sacos de arpillera rellenos de arena bien amontonados y las banderas rusa, alemana y estadounidense. En este caso, la enseña era de la Real Academia Española de la Lengua. En la cabina había un señor muy estirado con levita azul oscuro y charreteras, que salió al ver mi llegada y me preguntó con mucha flema:

¿Qué desea, caballero? ¿Puedo ayudarle en algo?

Claro —respondí—. Estoy buscado la línea de defensa de la tilde diacrítica, en concreto la de la palabra «solo», mi favorita.

El oficial retrocedió un paso y me miró de arriba abajo con una mueca de desprecio, los labios estirados y la mirada gélida. Se atusó el bigote, alargó el brazo y, señalando hacia delante, escupió las siguientes palabras:

Vaya por la siguiente calle a la derecha y a continuación, dos más allá, gire a la izquierda. No tiene pérdida. Se dará usted cuenta de que ha llegado por las caras largas, de abatimiento, de los atrincherados —respondió altanero.

Le di las gracias, a lo que contestó con un bufido, y se metió de nuevo en la cabina acristalada donde se reflejaban las nubes, que corrían en una frenética carrera hacia el oeste.

Al llegar a la siguiente esquina me topé con un tumulto. Un grupo de cuatro o cinco personas, brigadistas de la RAE, acosaba a un viandante, un hombre enjuto que iba encorvado sobre un montón de libros antiguos que llevaba entre los brazos, a los que parecía proteger con su cuerpo. Le gritaban «¡Carca! ¡Anticuado! ¡Rebelde sin causa!». Él les desafió: «¡No tenéis narices de atacarme sólo uno de vosotros!». Y ellos vieron que había puesto la tilde en ese «solo» y se enfurecieron. Le rodearon, cogieron los libros y comenzaron a arrancar todas las tildes diacríticas que encontraron entre sus páginas. Llovían tildes a la calzada en tal cantidad que comenzaron a formar remolinos en torno a ellos.

Al presenciar la escena, grité un par de improperios a los asaltantes pero no se detuvieron, sólo me miraron con desdén (con tilde, no se percataron) y media sonrisa de suficiencia. Cuando terminaron de incordiarle, dejaron solo al pobre diablo (nótese la ausencia de tildado) con muchas tildes enganchadas en la ropa y en el pelo.

El hombre sollozaba mientras recogía sus cosas y recobraba la dignidad. Las tildes ya se habían agrupado y escondido en una alcantarilla cercana cuando me acerqué a él para interesarme por su estado:

¿Se encuentra usted bien? —pregunté mientras le asía de un brazo para ayudarle a levantarse.

Malditos cobardes, intransigentes, piratas de la Lengua —masculló entre dientes. Alzó la mirada y me dijo:

Sin problema, no se preocupe usted, me pasa día sí, día también.

Me sorprendió tanto su declaración que, aún cogido del brazo, le pregunté a dónde se dirigía. Resultó ser ni más ni menos que mi punto de destino: la Trinchera en Defensa de la Tilde Diacrítica en el Adverbio Solo, así que le acompañé hasta allí.

TDTDAS, qué acrónimo tan horrible —comenté mientras caminábamos calle abajo.

Estamos trabajando en otro nombre más pegadizo que atraiga patrocinadores y nos financie el asunto, pero de momento es lo que hay —respondió.

Más tarde me enteré de que la Trinchera en Defensa de la Tilde Diacrítica en los Pronombres Demostrativos era independiente de ésta (con tilde rebelde), y que estaba un poco más allá de donde habían atacado al pobre diablo.

Llegamos a la trinchera, la TDTDAS ésa. Un señor muy agradable, con el cráneo pelado y canas sobre las orejas, de aspecto abatido y olor a derrota, nos ofreció un café caliente de un termo que tenía a mano. Su compañero nos presentó —y se presentó— y le contó que yo le había ayudado a regresar, que había reprendido a los atacantes, por lo que el hombre me miró con algo más de interés.

¿A qué se debe su visita, caballero? —me preguntó.

Me quité el sombrero y lo sostuve con la mano izquierda antes de responder.

Pues mire usted —respondí tras llevarme la taza a los labios y arrebujarme en la gabardina—, estaba leyendo en mi casa un texto de edición reciente cuando, de una vez por todas, me harté de este asunto de la supresión de la tilde diacrítica. Venía a visitar la trinchera para ver cómo están las cosas y después continuar camino de la Academia para dejar constancia de mi absoluto rechazo de la norma. Entonces he visto el salvaje ataque que sufría su compañero, con el resultado de dejar todas esas pobres tildes por ahí tiradas. Qué desperdicio.

Encomiable su actitud —dijo el anciano mientras asentía—. Pero no llegará más allá de esta trinchera. A los críticos no nos dejan acercarnos a menos de cien metros. Registran nuestros bolsillos, revisan nuestros libros y notas en busca de palabras rebeldes. Es imposible franquear el último control. Así que nos hemos hecho fuertes en este chaflán, bien parapetados para ver por dónde vienen los ataques y demostrar a estos rufianes que nuestra voluntad es férrea. No nos moveremos hasta que rectifiquen.

¿Y están teniendo éxito? —pregunté con interés, olvidado el café.

Llevamos ya varios meses de protesta sin resultado y los ánimos decaen, como usted compenderá —continuó mi anfitrión—. Ellos están tan campantes en su poltrona, cada uno con su Letra Mayúscula o Minúscula como escudo y protegidos tras los gruesos muros de la Academia, mientras que nosotros tenemos que aguantar las inclemencias del tiempo y a las Brigadas Diacríticas (usted se ha topado con una hace un rato), que entorpecen nuestra labor cosa mala.

Me hago cargo —dije mientras asentía y giraba el sombrero entre mis dedos.

También nosotros disponemos de nuestras propias patrullas, no se crea —prosiguió— pero cuando se disponen a acosar al enemigo salen malparadas. No sé si será por lo flacuchos que son —aquí la alimentación, con tantos meses en la trinchera, no es buena— o porque van tropezando con las tildes que se les meten entre las piernas, el caso es que vuelven a la carrera con la cabeza entre los brazos ante la lluvia de pronombres sin tilde que les tiran.

La batalla es desigual, por lo que me cuenta —dije frunciendo el ceño.

Y que lo diga. A pesar de la desventaja, le diré que tenemos algún topo, simpatizantes dentro de la propia academia. Uno de ellos, de lengua afilada y maletín de cuero, con un sombrero como el suyo, de fieltro marrón, suele venir a darnos ánimos con copias de artículos de periódico e intervenciones de personalidades relevantes que cuestionan la Reforma. Cuando no le siguen —teme estar siendo sometido a vigilancia por su conocida actitud beligerante y anda con pies de plomo— comparte unos minutos con nosotros y ante un café bien cargado nos cuenta batallitas internas coronadas por pequeñas victorias.

No podemos dejar esto abandonado porque nos borrarían del mapa de manera definitiva —continuó diciendo mientras señalaba las dependencias de la trinchera. Así que aquí estamos —prosiguió—. Toda ayuda es bienvenida, pero sepa usted que perdemos más batallas que ganamos, y que la guerra está siendo larga y agotadora.

Esta diatriba, unida al episodio que había vivido del ataque gratuito de las Brigadas contra su colega, el caminante defensor de las tildes diacríticas, me empujó a quedarme en el frente.

La trinchera es ahora mi hogar y, aunque son incontables las ocasiones en que los vándalos nos han robado la tilde del gran SÓLO que señala nuestra posición, seguiré en la lucha. Hemos obtenido pequeñas victorias, como aquélla de 2013 (nótese la tilde), cuando la Academia reconoció que los usos clásicos seguían vigentes en muchos lugares. Incluso hoy, en pleno 2016, varios académicos cuestionan desde dentro esa vil reforma ortográfica que se hizo con premeditación, alevosía y nocturnidad en el seno de la Academia, y que vio la luz durante el infame año 2010.

Así que aunque mi vida haya cambiado radicalmente resistiré, solo o acompañado. Y sólo tras la victoria volveré a los brazos de mi sillón de lectura preferido con las tildes diacríticas que fueron desterradas y que esperan justicia en mi piso.

Octubre apesta

octubre apesta

Estos días de octubre siempre se me atragantan. No ayuda que el 12 sea festivo; convierte la semana en algo especial, diferente de las demás, rompe la rutina que anestesia la memoria y propicia el recuerdo amargo.

Tampoco ayuda la insistencia de ciertas redes sociales —como Facebook— en recordarte lo que hiciste tal día de cuál año. En ocasiones arranca una sonrisa, como cuando te enseña una foto de Japón de aquellas vacaciones inigualables. Pero cuando se muere tu madre no hay imagen bonita que rescatar del baúl de los recuerdos digital de ese día concreto.

Que el tiempo anestesia el dolor es un hecho: la exposición reiterada a un estímulo produce el efecto de la habituación. Sin embargo, eso no significa que deje de doler a niveles profundos, más allá de la lágrima inmediata.

Cada uno lidia como puede con esos recuerdos de días difíciles, los racionaliza, aparca u olvida, se obsesiona, maldice o flagela. En mi caso, superado el pertinente periodo de duelo y pasados los años, he canalizado recuerdos y sensaciones escribiendo algunas cosas relacionadas. Siempre mezclando recuerdo y ficción, porque como dicen muchos autores, la realidad no siempre es verosímil, los recuerdos no tienen la textura necesaria para crear una buena historia. Y además, no escribo como terapia, no me parece la mejor opción si el objetivo es aprender a escribir, que es mi caso.

Los ejercicios de clase en «escritura creativa» me han servido para desarrollar algunos momentos peliagudos. Uno, el de tomar la decisión de desconectar a mi madre, en la UCI, del soporte vital. Otro, el de la recogida de las cenizas tras la incineración. Estos puntos de partida son verídicos (no sé si verosímiles, espero que en los relatos lo parezcan) y me sirvieron para introducir otros elementos en la historia relacionados con el tema a tratar en la clase correspondiente del curso.

Así que, tras este gigantesco marco introductorio totalmente prescindible para leer las dos historias que van a continuación, os dejo con «Apaga y vámonos» y «Las cenizas»; en el primero se trataba de trabajar el tiempo y en el segundo la técnica narrativa del monólogo interior. Os aconsejo que, antes de leer las siguientes líneas, echéis un vistazo a las dos historias primero (están hipervinculadas en su respectivo título).

[***]

Los apuntes teóricos que siguen a continuación están tomados del temario de Enrique Páez y completados por las aportaciones en clase de Isabel Calvo. Cualquier error u omisión en su contenido es mío.

En «Apaga y vámonos» el objetivo era trabajar con el tiempo del relato. En la sala de espera del hospital en la que está Pedro, nuestro protagonista, el tiempo objetivo que pasa es corto, de unos minutos, desde que toma la decisión de desconectar a su padre hasta que el doctor le comunica su muerte. Sin embargo, para Pedro esos minutos son mucho más largos, ante un tiempo objetivo transcurrido él siente que el reloj no avanza. Lo ideal para conseguir este efecto es que el personaje acumule gestos repetidos y monótonos para que el lector perciba la lentitud del tiempo, con oraciones compuestas, uso del tiempo pasado, verbos de pensamiento, para que todo ello evoque un tiempo lento.

Queda claro que en «Apaga y vámonos» no conseguí hacer un buen ejercicio. Pese a que intento que el lector se detenga en los detalles, introduzco una evocación de Pedro hablando con su hermano y un recuerdo en la puerta del hospital, al final recurro a la imagen del reloj y los diez minutos que han pasado. ¡Error!

Respecto a «Las cenizas». El ejercicio fue muy interesante. Muchas veces, se utiliza el monólogo interior como ejercicio de desbloqueo, para que fluyan las ideas sin cortapisas, sin las restricciones de puntuación, forma u otras convenciones. Dejas fluir el pensamiento en torno a una idea principal —en este caso la recogida y depósito de las cenizas— y coges tres o cuatro ideas periféricas sobre las que el pensamiento vuelve una y otra vez para dar forma a la historia —en nuestro ejemplo, el hermano insulso, la hora de comer, el frío que hace—.

En resumen: tenemos una estructura aparentemente desordenada, que se supone que fluye desde la parte más inconsciente de nuestro cerebro, que gira en torno a una idea central con varias ideas periféricas. Creo que este ejercicio me quedó mejor y, sobre todo, me lo pasé muy bien escribiéndolo.

Si alguien ha leído hasta aquí, gracias por aguantar la chapa.

Las cenizas

cenizas

Ya estamos aquí la virgen seis meses después menuda dejadez odio los putos cementerios y ahora qué hacemos con esto ¿dónde se piden las cenizas? no hay ni dios por ahí ni un puñetero cartel hostias joder es como una tienda vas al mostrador y te traen la vasija qué mal rollo menudo trasto y qué hacemos con esto a la sierra a la sierra buena idea hermano hala vámonos que cuanto antes lleguemos antes volvemos me toca conducir otra vez joder siempre igual el puto carnet no es tan difícil hala tira que nos queda un rato joder casi nos pasamos del plazo de retirada de las cenizas desastre desastre ya nos vale como se entere la yaya pobre dos hijos muertos ya ¡vamos mamón que el semáforo en verde una hora! joder con la gente conduce como el culo putos viejos pisando huevos la hostia a ver cuánto tardamos como no llegue al curro la cago no te pierdas no te pierdas cómprate un puto gps ya hostias siempre igual y éste no abre el pico está más incómodo que yo ¿de qué hablas del tiempo? desastre de familia ¡hostia la vasija! se oye en el maletero bum bum bum torpe torpe idiota vas y la dejas ahí tirada joder joder qué mal tengo que parar y ya puestos echo gasolina mira si al final viene bien la virgen parece una lavadora bum bum bum por si no ha quedado bien triturado jaja por dios no te rías lleno por favor diesel sí como empiece a llover me voy a cagar en todo mira la hora mierda mierda se hace tarde putos camiones subiendo el puerto joder a ver ya Navacerrada por fin vamos vamos y dónde vamos tira para allá que es bonito joder qué frío a pelo con lo puesto gilipollas aquí mismo hagamos un agujero y nos vamos mierda no llevo cadenas vamos vamos como nieve la cagamos qué frío qué frío y qué listos a cavar con las manos imbécil castigo divino por olvidarte seis meses de las cenizas oye tú como nos pille un guardia o algo a ver qué le decimos jaja vamos deprisita no hay ni dios tranqui echa echa ¡hostia hostia que hay trozos que no se quema todo! entierra tú que no puedo mirar voy a potar voy a potar no no respira que ya está vámonos hala coge la vasija listo aquí no las encuentra nadie joder qué frío no siento las manos coche coche calefacción y qué hago con la vasija mira qué hora es mierda llego tarde ni se te ocurra decirle a la yaya dónde están las cenizas de mamá que la cagamos vamos vamos al coche tira ¡nieve no, mierda! cadenas cadenas tengo que comprar cadenas idiota claro que te dejo en casa qué remedio mierda no he hecho la comida puto burger otra vez joder mierda de día mira un contenedor ahí se queda la vasija arranco la placa y a tomar por culo estoy harto harto vaya tela harto como la encuentre alguien verás qué risa la pone encima de la tele como en las pelis americanas vamos no me jodas a estas alturas voy a llorar me niego me niego que le den por culo hostia puta a casa a casa ya tengo hambre

Apaga y vámonos

Julián

Adelante doctor, hágalo —dijo Pedro con la mirada fija en la pared tras el médico de la UCI.

Firmó —sin leerlo apenas, con lágrimas en los ojos— el consentimiento informado que le tendió el médico en una tablilla y dejó caer los brazos a los lados. Acababa de desconectar a su padre del soporte vital que le mantenía con vida, y sin embargo sólo podía pensar en su mujer, que se había quedado aparcando el coche y aún no había vuelto.

El doctor, con sus gafas de montura de pasta y un bolígrafo rojo colgando del bolsillo de la pechera de la bata, le acompañó a la sala de espera. Le dijo que en cuanto todo terminara le avisarían, que se sentara, que nunca se sabe cuánto tiempo tardan en… ya sabe. «Sin dolor, claro. Como le he dicho, no sentirá nada» —repitió.

Pedro recorrió la hilera de asientos de plástico pegados a la pared que no estaban ocupados por la familia gitana que velaba a un familiar. Se sentó en el menos sucio, se atusó el pelo, que empezaba a ralear en las sienes, y se agachó para estirar las perneras del pantalón. Miró a su derecha, hacia la máquina de café, donde uno de los tubos fuorescentes del techo parpadeaba agotado, peleando por unos últimos momentos de vida. Cuando el tubo tintineó por última vez sonó el ding del ascensor. Se abrieron las puertas y Pedro se levantó esperando ver a su mujer salir pero resultó ser un joven gitano trajeado de arriba abajo, caminando con mucha flema y orgullosos de la pelusilla que ostentaba sobre el labio superior, en un infructuoso intento de imitar el bigotón del patriarca que se sentaba unos metros más allá rodeado de la familia.

Cayó derrumbado en el mismo asiento de plástico requemado por innumerables colillas a lo largo de los años. Se sacó el móvil del bolsillo y llamó de nuevo a su hermano Julián. Sin respuesta. Miró la hora. Pensó en Julián y en su última conversación.

¿Seguro que no te importa quedarte con padre este fin de semana? —dijo Julián.

-Claro que no, vete tranquilo a la conferencia. Además, París merece el viaje. Sobre todo si va también tu compañera Ana —respondí mientras le guiñaba un ojo. —Ya me devolverás el favor.

Tras pasar la mañana en cuidados intensivos, Pedro y Julián salieron el viernes a mediodía a la entrada del hospital. Este último portaba una maleta de mano y una sonrisa que disimulaba las ojeras de los últimos días. Se dieron un abrazo y se despidieron hasta el lunes.

Pedro volvió a la realidad y miró la hora de nuevo. Apenas habían pasado diez minutos.

El doctor asomó la cabeza a la sala de espera y localizó a Pedro. Se acercó a él, esperó a que se pusiera en pie y le dijo:

Su padre ha fallecido hace unos minutos. Le acompaño en el sentimiento. Si hace el favor, acompáñeme para firmar el certificado de defunción. ¿Hay alguien que pueda acompañarle?

En ese momento, Pedro miró por encima del hombro derecho del doctor y vio que su mujer salía del ascensor y le buscaba con mirada interrogativa. En cuanto sus ojos se cruzaron, Pedro empezó a temblar y se echó a llorar.