El pistolero

El pistolero

«El hombre de negro huía a través del desierto, y el pistolero iba en pos de él».

The Dark Tower I. The Gunslinger
Stephen King, 1982

Escribir vs la idea de escribir

escribir

Una de las claves para recuperar este blog fue volver a escribir. Escribir de verdad, escribir ficción, siguiendo una metodología y empleando nuevas herramientas aprendidas. No sólo escribir opinión, escribir artículos, blogs o digresiones. No. Escribir literatura. Sin aspiraciones, pero literatura.

Ahora, en julio de 2016, ya he terminado el curso de nueve meses (nada de chistes fáciles sobre lo que dura un embarazo, por favor) que comencé allá por octubre del año pasado en la Escuela. Terminar algo, lo que sea, siempre que sea algo que has hecho con dedicación y ganas, es mitad alivio, porque descargas la presión que tienes durante todas las semanas para aprender la lección y hacer la tarea, y mitad preocupante.

¿Por qué preocupante?

En mi caso particular, necesito el estímulo permanente para no abandonar una actividad, la presión de escribir un pequeño relato cada semana en el que se supone que demuestras lo que has aprendido. O lo contrario, que también se da el caso: escribes un montón de mierda considerable que amablemente te corrigen para que no vuelvas a cometer los mismos errores (a mí me funciona, cuanto más la cago más probable es que no cometa de nuevo el mismo error).

Escribir

A lo que iba, que me pierdo. Escribir es una actividad placentera. Estimulante. Incluso excitante. Ese momento en el que te das cuenta de que han pasado dos horas en el mundo real mientras tú estabas ideando personajes, situaciones, historias. Ese momento en el que despiertas y eres consciente de dónde has estado. Y lo bien que estabas. Da igual si has escrito dos páginas o dos líneas. Lo importante es todo el trabajo que hay detrás, la ideación subyacente a la historia y todos los recursos que has empleado para llevarla a cabo. Y que todo ese proceso ha tenido resultado. Dos líneas o dos páginas, tanto da.

Escribir también es un ejercicio de masoquismo. Es complicado, que nadie piense lo contrario. Un texto de una sencillez pasmosa esconde detrás horas de trabajo, y no me refiero a la creatividad. Hablo de la técnica. Eso que te permite dar el salto de juntaletras a aspirante a escritor. Eso que te permite ver la hoja en blanco y no desfallecer de desaliento ante las enormes posibilidades que tiene una página en blanco. Porque no nos engañemos: de una página en blanco puede salir una obra maestra o la mayor bazofia que hayas leído en tu vida (para este segundo caso me gusta imaginarme metiendo la hoja de papel en una máquina trituradora). Lo normal es que no sea ni lo uno ni lo otro.

La idea de escribir

Tantas vueltas a la tarea de escribir y tantas frases subordinadas conducen a la segunda cosa de la que quiero hablar, una especie de contrapunto: la idea de escribir.

¿Por qué no es lo mismo la idea que la acción, al menos en este caso? La idea de escribir gusta. Es placentera, estimulante. Incluso excitante. Hace que te veas como un posible autor de grandes obras. O, si no aspiras a tanto, al menos sí hace que te veas como alguien intelectual (signifique esto lo que signifique hoy en día), con inquietudes menos mundanas que la gran masa. La idea de escribir hace que leas algo y opines mucho, que creas que sabes cosas porque has leído a tal o cual autor; es más, tú mismo podrías escribir algo parecido, porque tienes la idea romántica de que escribir es ponerse frente al papel, ordenar un par de ideas, hablar con la musa et voilà: obra maestra en ciernes.

La idea de escribir es un arquetipo. Hace que nos sintamos bien con nosotros mismos. Nos hace interesantes a ojos de los demás. Pero por sí misma es basura. Es autocomplacencia. Pensar que somos escritores no nos convierte en escritores. Escribir nos convierte en escritores. Bien o mal, mucho o poco, realidad o ficción, lo que te dé la gana: pero escribe. Todo lo que no sea el acto físico de escribir, no es escribir; la ideación de un relato cuenta, pero si no llega al papel no es escribir, es nada, es menos que nada para el propósito que nos ocupa, es tener ideas que quedan para nosotros, en el mundo abstracto.

Escribir es concreción. Es mostrar. Ni siquiera es contar, es enseñar para que el lector saque sus propias conclusiones.

Conclusión

¿A cuento de qué os cuento esto? Intento convencerme a mí mismo de que, tras nueve meses escribiendo, pertenezco al grupo de escritores frente al grupo de los que tienen la idea de escribir. Pero me da miedo, me aterroriza más bien, volver a estar conforme sólo con la idea de escribir, con la que tantos años conviví (y ni tan mal, por lo visto). La respuesta parece fácil: ESCRIBE. Soy como soy, con poca fuerza de voluntad y un poco vago; no me engaño, y cambiar hábitos de años de arraigo es complicado. Pero lo voy a intentar.

Si me estás leyendo y te preguntas si puedes escribir, deja de preguntártelo: hazlo. Escribe. Si no sabes, fórmate. Y si te hace feliz, sigue escribiendo.

El accidente

brutal

Es lunes. Vuelvo andando a casa de trabajar ya de noche por el camino de todos los días. Es una calle con poco movimiento e iluminación escasa. En la siguiente esquina veo un grupo de gente amontonada, cuchicheando. Me acerco y echo un vistazo.

Hay un hombre joven atravesado en la calzada. No se mueve. Sus piernas forman una equis sobre el paso de cebra, inundado por la sangre que mana de la gran cantidad de heridas que presenta. Los sanitarios recogen sus bártulos con eficacia, ordenadamente. Parece que sus esfuerzos por reanimar a la víctima han sido en vano.

A la izquierda del cadáver, un Opel Astra con el capó abollado contiene a una mujer en el asiento del copiloto. A la derecha se ven destellar las luces de la ambulancia, que destacan sobre la negrura de la noche. Entre los portones abiertos, en la parte trasera, un anciano vestido de traje se abraza y tiembla arropado en una manta. Mientras, una policía de uniforme que acaba de llegar le toma declaración y escribe en una libreta. El anciano niega con la cabeza mientras señala el cadáver con el brazo derecho. Cuando la policía se gira para seguir el gesto, el anciano cierra el puño izquierdo y parece estar a punto de descargarlo sobre su propio muslo, pero se contiene. Dirige la mirada hacia las marcas de frenada que destacan sobre el asfalto.

Llega otro coche de policía. Lleva las luces encendidas y la sirena desactivada. Se apean de él dos hombres con la palabra FORENSE escrita en la espalda. Acordonan la zona y colocan tres focos para combatir la oscuridad. Ponen conos y etiquetas a todo cuanto hay alrededor del cadáver.

El anciano de la ambulancia sopla en un alcoholímetro ante la mirada de la policía. Cuando termina, mira el resultado, baja la vista y se echa a llorar.

Tras las mediciones y fotografías de los forenses, los sanitarios retiran el cadáver en una bolsa de lona. Terminado el atestado, los policías apagan los focos que iluminan la escena y se disponen a continuar la jornada. La muchedumbre de curiosos se dispersa y la calma vuelve a la esquina de la calle. Llegan los servicios de limpieza y se afanan en limpiar el costurón de sangre de la calzada con mangueras de agua a presión.

Al final, yo también me voy.

[…]

A la mañana siguiente del atropello paso por la misma esquina. El sol se refleja en los parabrisas de los coches. Las pantallas de los móviles lanzan destellos mientras sus dueños caminan a toda prisa y teclean con furia. Un camión atraviesa el cruce dejando un rastro de humo negro. El brutal rugido de una moto se pierde a lo lejos. Continúo mi camino tras intentar atisbar sin éxito algún rastro de lo que ocurrió anoche.

Fernando Díaz, junio 2016