Apocalipsis

apocalipsis stephen king

Los que me conocen saben que, de vez en cuando, me apetece releer cosas. Es una especie de pulsión que se activa con el paso de las semanas y los meses de nuevas lecturas: al final, se me instala en el ceebro (detrás de la cuenca ocular, casi en el mismo punto que un dolor de cabeza que anuncia un mal día) la idea recurrente de volver a lugares conocidos, ver cómo están esos personajes que han vivido penurias o alegrías en las páginas que habitan, recorrer los mismos caminos y carreteras y tropezar en las mismas piedras. Este año todavía no había caído en las garras de la nostalgia revisitación. Es cierto que trasteé con Corazones en la Atlántida, pero no cuenta: lo leí hace tanto tiempo que no cumple los requisitos para ser considerado lectura recurrente.

Pues bien: tras ignorar durante semanas esa sensación y terminar un par de libros de lectura rápida, ayer por la noche caí en las garras (con placer sádico) de Apocalipsis, de Stephen King, que creo que no releo desde hace al menos cuatro años. Es uno de mis hogares literarios, junto con las cloacas de Derry, los peregrinos del Alcaudón, la estación de paso en la que se conocen Roland y Jake o el asedio de Ilión en clave marciana. Apocalipsis es un berenjenal de mucho cuidado, sobre todo con esta edición ampliada que tengo, la de 1990 que salió tras la original La danza de la muerte (The Stand, 1978), cruelmente recortada para entrar en los cánones editoriales que permitiesen vender el libro a un precio estandarizado. Son unas 1500 páginas que pretendo ventilar cuanto antes para poder seguir con mi vida de lector constante, que hay mucho que leer ahí fuera sin necesidad de releer cosas, pero a veces la tranquilidad mental que da volver merece la pena. Tiene también la particularidad de que trata de algo que parecía imposible, una distopía, una pandemia provocada por un virus respiratorio parecido a la gripe. La primera línea de la nota del autor que precede a esta edición ampliada es… no sé si tengo palabras para describirla, juzgad vosotros:

Apocalipsis es una obra de ficción, como su tema deja perfectamente claro.

Stephen King

Las páginas vuelan como quien come pipas: sin darte cuenta y a toda velocidad, aunque a veces se te quede una cáscara clavada en la encía. Tiene esa clarividencia a la hora de describir comportamientos y reacciones que hace que tragues saliva o dejes de lado el libro para tratar de conjurar esas imágenes ficticias mezcladas con la realidad de lo que puede ser y que, por suerte, se ha quedado en una especie de apocalipsis suave (título de un gran libro de Will McIntosh tampoco muy recomendable para estos tiempos). Como acostumbra, el tratamiento de personajes es magnífico, aún mezcla el elemento sobrenatural sin que parezca demasiado forzado (no me hagáis hablar de La cúpula) y explora posibilidades muy verosímiles en cuanto a las posibles consecuencias de un evento de estas características en la población.

La edición que tengo pertenece a una colección sobre la obra de Stephen King que salió por fascículos hace bastantes años. Los tomos son en tapa dura, con el lomo dorado y un papel que amarillea a pasos agigantados. La traducción no es nada del otro mundo, y tampoco parece que haya pasado por una revisión exhaustiva; hay frases inconexas, signos de puntuación ausentes o mal colocados, etc. Esto pasa en otras obras del autor, así que estoy seguro de que en Plaza & Janés (en Penguin, vamos) hay alguien que lleva tiempo rumiando la idea de reeditar la obra de King en tapa dura con todo lujo de detalles. No estarán esperando a que se muera, ¿verdad? ¿VERDAD?

En fin.

apocalipsis stephen king
Ojalá una edición así de Apocalipsis en España

Apocalipsis: un clásico que atraviesa varios géneros que todo el mundo debería leer alguna vez. Aunque si eres aprensivo o hipocondriaco, quizá mejor esperar a que pasen un par de años.

Libros, libros

Libros en Librería Reno
Rótulo clásico de la fachada de Librería Reno en el barrio de Malasaña, Madrid

El libro en papel sigue siendo un gran regalo de Reyes. O de Papá Noel para aquellos que abarcan todas las fechas posibles para recibir regalos. Como el señor de Amazon tiene dinero a espuertas y la ética empresarial de un ficus, sugiero comprar el librerías de barrio, que seguro que necesitan y agradecen más la compra del ganador del Planeta Carmen Mola (dios no lo quiera) o del último libro del maestro Stephen King, Billy Summers. Todos los lectores habituales tenemos una, pero esta es la mía: Librería Reno, en el barrio de Malasaña de Madrid. Allí encontraréis novedades, encargos, recogida en tienda, compra online y, sobre todo, las mejores libreras.

Si, por lo que sea, preferís comprar en una librería recóndita de Palencia (donde seguro que hay grandes librerías aunque nunca he tenido el placer de visitar la provincia), existe la web de Todos tus libros para localizar cada título y cada establecimiento obviando al gigante editor / explotador estadounidense.

La única excepción que hago en esto es para comprar a esos autores que se autoeditan y no tienen más remedio que acudir a quien más fácil se lo pone tanto durante el proceso de publicación como en el de venta. Por ejemplo, he adquirido en la web del demonio Film School, de Jaime Bartolomé, y La independencia de Pedro Sánchez, de Pedro Sánchez (el presidente no, el otro). Además, siempre que puedo leo en papel, me dejo los cuartos en las ediciones que puedo manosear tranquilamente, volver la página sin volverme loco con los botoncicos o poner una marca física: no hay color.

Por lo que sea, pongo el enlace de Film School y me sale el tuit anterior del hilo.

Hala, basta por hoy de consejos no pedidos, publicidad encubierta no pagada y demás.

Getafe Negro 2020

Getafe Negro

La última vez que escribí un micro fue hace demasiado tiempo. Sirva esta convocatoria literaria, la XIII edición de Getafe Negro, para intentar desempolvar las neuronas; da igual con qué acierto —al menos para mí—, el caso es volver.

Un año más, Escuela de Escritores y Getafe Negro colaboran para organizar este certamen, que en su día ganó la gran Marian Peyró (pausa publicitaria: lean su debut en solitario El papel de un cromo). Son tiempos pandémicos y confinados, aunque el noir siempre tiene un huequecito.

XIII Concurso de Microrrelatos Getafe Negro

Máximo de 150 palabras sin contar título ni frase de inicio (en negrita). A continuación os dejo el micro Veinte años (nunca se me ha dado bien titular mis cuentos):

«No era el remordimiento lo que le impedía conciliar el sueño, sino el avance inexorable de la excavadora. Siempre se despertaba en una soledad satisfactoria, sin zarandajas, como desde hacía casi veinte años. Hasta que llegó el ayuntamiento con sus dichosas máquinas y sus canalizaciones; cada mañana, un operario se calaba el casco y vociferaba sobre los sacos de cemento para iniciar la actividad. Desde el final de la calle, el único habitante de la única casa que quedaba, apartaba el visillo con dedos artríticos y apretaba el otro puño. Cuando comenzaron sólo veía el reflejo de los chalecos amarillos al final de la calle. Poco a poco empezó a distinguir a los obreros por sus voces, y ahora incluso unía las caras a los nombres gritados entre estertores de la excavadora y rugidos de la hormigonera. A ese ritmo, en dos días llegarían a su pozo, cegado y tapiado desde hacía casi veinte años.

Y volvería el ruido.»

En definitiva

No es muy noir. Es lo que hay. En fin.

Actualización: ya tenemos ganadora de la XIII edición de Getafe Negro, Ángeles Navarro Peiró con «Eutanasia». ¡Enhorabuena! Muy merecido. Podéis leer el relato aquí.

Snow Crash: Neal Stephenson desatado

Snow Crash
Estupenda la edición de Gigamesh

Ha tenido que llegar 2019 para que me diese cuenta de la enorme laguna que tenía entre mis lecturas de ciencia ficción: Snow Crash, un clásico de 1993 que me ha sorprendido, acostumbrado a criptonomicones y reamdes, por su tono ligero y su dinamismo. La pareja protagonista, Hiro Protagonist (en serio) y T.A. está muy equilibrada y se basta para mostrarnos ese mundo en el que se circunscribe la acción; un mundo, como siempre, muy bien construido por Stephenson —lo que ahora se llama de manera grandilocuente worlbuilding—.

Si buscas una obra maestra como La era del diamante: manual ilustrado para jovencitas, quizá Snow Crash te decepcione. Es un libro para disfrutar con los ojos cerrados, sin mirar hacia delante, dejarte llevar y no buscarle los tres pies al gato: está ahí para pasarlo bien. Quizá cueste un poco al principio meterse en el ritmo frenético que propone, pero en cuanto le coges el tranquillo, todo fluye. 

Leí La era del diamante estando en la facultad, y recuerdo que una vez alguien vio el título y me miró raro. ¿Qué pensaría sobre lo de Manual ilustrado para jovencitas? Nunca lo sabremos.

Sci-Fi

El género de ciencia ficción me gusta mucho para desconectar del mundo. Me suele pasar que, cuando leo relato, o novela negra, o cualquier otra cosa bien escrita, me detengo en los detalles de escritura, el estilo, en ver qué puedo aprender de lo que estoy leyendo. Esto es muy satisfactorio, claro, pero a veces apetece leer sin más, dejarse llevar y disfrutar de una buena historia: Snow Crah es todo eso y más. Como la buena ciencia ficción, interpela al lector, a su modo de vida y a dónde se dirige. Ay, estas distopías no tan distópicas…

Como lector, soy ávido seguidor del género; como escritor, estoy muy lejos. Lo único que intenté una vez fue esto, y en fin.

Menos mal que existen editoriales como Gigamesh, que editan y reeditan con mimo clásicos de ciencia ficción como éste (sí, yo sigo poniendo la tilde a los pronombre demostrativos).

En resumen: Snow Crash es un libro divertido, muy disfrutable y con el sello de autor de Neal Stephenson.

El cartero

REC 2019 - 2020 Semana 1

Este año me apetece retomar los microrrelatos. De vez en cuando intentaré colgar alguno por aquí, que hay telarañas entre entrada y entrada del blog. La frase de inicio es la de la primera semana de los relatos en cadena de La Ser y Escuela de Escritores, que es lo que tomaré como referencia; en este concurso, la fecha límite de entrega es los jueves hasta las 12:00h, así que siempre lo pondré después para evitar suspicacias (es decir, que el micro nunca tendrá posibilidades de participar en el certamen).

«El cartero» me gusta, aunque es probable que con un par de pensadas más quedaría mejor. En cualquier caso, nunca se termina un escrito, se abandona; creo que he hecho exactamente eso, dejarlo tirado por aquí. Sin más, ahí va:

EL CARTERO

Si dijera que sentí dolor, mentiría. Dicen que no presté atención suficiente. Qué sabrán. No le quites los ojos de encima, decían las otras madres. Cuando vi que gateaba hacia la ventana abierta, observé con interés hasta que desapareció. Me incliné y llegué a cogerle de la pantorrilla derecha, pero cuando me asomé vi que llegaba el cartero, tan apuesto. ¡Ojalá lleve algo para mí! Solté al niño, bajé corriendo las escaleras y abrí la puerta. El cartero ni siquiera me miró.

#DíadeMuertos en Zenda: una plegaria a tiempo

Zenda #DíaDeMuertos

│ UNA PLEGARIA A TIEMPO │

Hermie se asomó a la ventana antes de salir. Llevaba nevando más de diez días seguidos, con lo más duro del invierno todavía lejos, y la nieve cubría el único camino que bajaba hasta el pueblo. Cogió la parka forrada de borreguillo de la percha junto a la puerta, el hacha que tenía apoyada en la pared y salió a cortar leña.

Cuando volvió, el frío ya se notaba en el interior de la casa. Había decorado el espejo roto de la sala de estar con una de esas calaveras de colores. Sus padres se la compraron a su hermano pequeño en México antes del accidente. Le faltaba la mitad de la mandíbula y uno de los ojos estaba agujereado. De niño, a Hermie le gustaba Halloween, y ahora que sólo recordaba a su hermano como un amasijo entre los hierros del coche familiar, colocaba la calavera para el Día de Muertos. Pequeñas nubes de vaho salieron de su boca cuando gritó:

¡Mamá, ya estoy en casa! Enseguida enciendo la chimenea. En unos segundos perdió el color que habían cogido sus mejillas. El médico dijo que era importante que la casa estuviera caldeada para no complicar más la salud de su madre. «Como si pudiese ir peor la cosa», pensó Hermie cuando lo oyó. Su madre podía tragar, mover lo ojos o emitir algún gruñido de vez en cuando. La pobre enviudó hace nueve años, tras el accidente de coche que redujo a la familia a la mitad. Desde entonces, Hermie se encargaba de todo.

Prendió algunas astillas y pronto el salón se llenó de humo; la chimenea no tiraba bien, pero se terminaba disipando. Por el rabillo del ojo le pareció ver que algo se movía. Se acercó sin hacer ruido al rincón del salón, donde estaba el sofá, y vio a una rata comiéndose los restos de lo que parecía pan duro de anteanoche. Se echó la mano a la cintura y desenfundó el revólver de su padre. Encañonó, con la punta de la lengua sobresaliendo entre los labios, pero no disparó. «Que coma bien», pensó. «Así cuando la pille estará más rellenita».

Pasó a la habitación de su madre. Apenas notó el hedor, acostumbrado como estaba ya. Fue directo a la bacinilla que había dejado bajo la cama la noche anterior, la cogió y entró a tientas al aseo contiguo.

Qué poco pesa la jodía, parece vacía —dijo entre dientes Hermie—. Y sin luz. —No tenía que haber roto la bombilla, maldita sea —pensó por enésima vez. Golpeó con furia el casquillo, que colgaba inerte desde hacía cuatro días. Pero no fue culpa suya. No, no lo fue. Volcó la bacinilla en el váter, escupió en el lavabo y volvió junto a la cama.

Siempre tenía la sensación de que los ojos de su madre le seguían por el dormitorio, aunque sabía que era imposible: apenas podía parpadear, menos aún mirarlo. Incluso hacía ya tiempo que le parecía que le seguía la mirada del Jesucristo crucificado, que estaba sobre el cabecero de la cama, en una cruz enorme que empequeñecía su conciencia cuando la miraba. Llevaba viéndolo ahí colgado desde que tenía uso de razón.

A veces Jesús le hablaba. Desde las alturas, se reía de su aspecto: «¡Enclenque! ¿Hoy también te has tirado la mayonesa encima? Mírate, chaval.¡Sal a comprarte algo de ropa!». Siempre se burlaba de él, pero uno se terminaba acostumbrando. Excepto cuando reventó la bombilla del aseo de la habitación; lo había hecho por no romper la cruz sobre el cabecero, aunque no recordaba qué le había dicho. Hoy estaba especialmente parlanchín.

—¡Hermie! ¿Qué haces, chaval? —preguntó Jesús—. Oye, por qué no vienes y me bajas, creo que tengo algo en el costado, no veas lo que duele —dijo entre risas.

Hermie dejó sobre la mesilla el peine lleno de mechones con el que estaba peinando a su madre y se quedó quieto, mirando la cruz. Estaba harto de Jesús y de su puñetero sentido del humor. Una gota de sudor le bajó por el costado, mojando el borde del pantalón de franela, remendado varias veces.

—¡Venga, hombre! —exclamó Jesús mientras le guiñaba un ojo—.¡No seas así! Sabes que no me río de ti, me río CONTIGO. ¡Jaaaajajajaja! Descolgó el brazo derecho y señaló hacia abajo; se puso la mano sobre la boca y dijo en tono confidencial: —Oye, si quieres deshacerte de la vieja ya sabes que sólo tienes que rezar, ¿recuerdas? Rezar MUY fuerte. Serías libre. Podrías salir tooodas las veces que quisieras y cepillarte a las amigas de tu madre—. Jesús asintió varias veces, despacio, mientras miraba a Hermie a los ojos.

Hermie rezó, como siempre que se lo pedía Jesús. Después se abrazó y empezó a mecerse lentamente, hacia delante y hacia atrás, mientras miraba de reojo primero a la cruz, después a la cama. Se fijó en el cráneo casi sin pelo, los ojos secos clavados en el techo, el pecho quieto de su madre.

—¡Hermie! —Jesús estaba entusiasmado. Señaló con las dos manos hacia la cama—. ¡Parece que esta vez has rezado con fuerza! ¡Lo has conseguido! ¡Buen chico! Qué, ¿me bajas de aquí y nos vamos de esta pocilga?

Fue como si le hubieran noqueado de un buen golpe de derechas en la mandíbula. Hermie se tambaleó, dio unos pasos hacia atrás, quedándose justo frente a la cruz, con la frente empapada de sudor y los dientes apretados.

Se dio la vuelta. Fue al salón, cogió una silla de las cuatro que estaban pegadas a la mesa alta, donde comían todos juntos cuando eran una familia de verdad, y la colocó frente a la cama. Comprobó que seguía teniendo el revólver en la cintura y cerró la puerta a su espalda. Se sentó de cara al crucifijo, sin mirar apenas el bulto sobre la cama que era su madre, mientras abría y cerraba los puños y luchaba contra un ligero temblor en el ojo izquierdo que le hacía bizquear.

Fernando Díaz Pérez

Majadahonda, 2018

¿Me oyes?

Me oyes

XII edición de Relatos en Cadena

Semana 2

Frase de inicio: ¿Me oyes?

¿Me oyes?

¿Me oyes? Unos ojos inyectados en sangre me miraban sin parpadear. La nariz aleteaba con cada inspiración fuerte, marcando las venas que la surcaban.

¡Di algo, perro! Enseñé los dientes, gruñí como un animal, cerré el puño derecho y lo descargué con fuerza sobre el mentón de ese rostro patético. El espejo se rompió. La sangre corría entre mis nudillos, despellejados y llenos de cicatrices. En la esquina inferior derecha del espejo se reflejaba el cuerpo desmadejado de una mujer.

El dominó

XII edición de Relatos en Cadena

Semana 1

Frase de inicio: El baúl de los juguetes está cada vez más vacío.

El dominó

El baúl de los juguetes está cada vez más vacío y los que quedan ni siquiera están enteros. En el hospital a veces se pierden, a veces se olvidan de ellos, a veces se los llevan las familias en los bolsos en que traen la ropa de recambio como si las enfermeras no nos diéramos cuenta. Hoy hemos encontrado un dominó sin el doble pito. Lo tenía Matías, que estuvo jugando ayer con su nieto hasta el final de la hora de visita. Matías, que murió a medianoche con media sonrisa y la ficha apretada en la mano derecha.

*Ni éste ni otros micros que escriba este año entran en concurso. Lo menciono aquí.

Septiembre, nuevo curso

Hace años, cuando escribía una entrada en el blog sobre el comienzo de una nueva temporada en septiembre era sobre fútbol. Sobre el equipo de amigos que, año tras año, hacíamos noche en plena calle para conseguir una de las escasas plazas para jugar en Chamberí. Ahora que lo pienso, aquel blog acabó con una despedida a la francesa.

Por suerte —supongo— los años pasan y uno se hace mayor, las rodillas ya no aguantan las exigencias futboleras y llega el momento de colgar las botas. En estos tiempos, cuando empieza una temporada, el blog se llena de microrrelatos, relatos y divagaciones; digo que se llena, pero a veces pasan semanas entre actualizaciones. Ay, la pereza.

Para mí la temporada 2018 – 2019 empezó el lunes 3 de septiembre con la intervención en La Ventana de La Ser; como ganador del REC anterior tuve el honor de dar la frase de inicio para el concurso de microrrelatos más famoso de España, los Relatos en Cadena de Escuela de Escritores. Así lo conté en Twitter:

Este año no participaré en el certamen pero me gustaría dejar mis propuestas en el blog, así que si se alinean los astros (es decir, me acuerdo, me apetece, me da tiempo) publicaré los microrrelatos que habría enviado cada semana cuando ya haya pasado el plazo.

Vacaciones

La imagen que encabeza esta entrada es de Japón, que es donde he estado este verano. No voy a contar aquí los pormenores del viaje, sólo os recomiendo ir, volver, repetir… Mejor en septiembre u octubre que en agosto, el calor es infernal, pero si no se puede elegir, cuando sea está bien.

Lecturas de verano

No ha sido demasiado prolífico este verano en cuanto a libros leídos, he repescado It (Stephen King, 1986) e Hyperion (Dan Simmons, 1989) —todos los veranos releo alguna cosilla— y como novedad he tenido el placer de devorar las páginas de Siete casas vacías (Samanta Schweblin, 2017) y La condición animal (Valeria Correa Fiz, 2017). Me identifico con las historias de la primera y con el estilo de la segunda, me han gustado mucho. También ha caído Carbono modificado (Richard Morgan, 2002), libro en el que se basa la serie de Netflix Altered carbon.

Estos días estoy con lecturas de mi cumpleaños y de la Feria del Libro. Sí, todavía; no da tiempo a leer todo lo que hay en la pila de pendientes. Son Bellas durmientes (Owen King & Stephen King, 2017), que de momento meh; Fuego persa (Tom Holland, 2005), interesantísimo y muy bien contado; y La vaga ambición (Antonio Ortuño, 2017), que espero empezar esta semana.

¿Futuro?

La oposición no me salió muy bien. No sé por qué, la normativa medieval de este examen me impide saber los criterios de corrección y ver la prueba, la indefensión es bastante grande y hace que me replantee si merece la pena. Además, por desgracia no vivo del aire. El plan laboral se ha ido a hacer puñetas y la cuenta se vacía inexorablemente. ¿Qué hago, me corto las venas o me las dejo largas?

En cuanto a escritura, me tendrán que aguantar un año más en la Escuela, la clase de Relato avanzado me espera.

¡Nos leemos!

Concurso #HistoriasDeBicis en Zenda: la bicicleta roja

La bicicleta

Los concursos literarios en verano de Zenda libros empiezan a ser tradición. Este año la propuesta es #historiasdebicis, así que os dejo con «La bicicleta roja».

La bicicleta roja

Desde que Arthur Miller tenía memoria, todos los días de Navidad los abuelos iban a su casa a visitarlos con un paquete y decían que Papá Noel lo había dejado bajo su árbol. Siempre le traían muñecos y juguetes —un oso de peluche al que le faltaba un ojo, un camión de bomberos con una rueda suelta— envueltos en papel de estraza, a veces nuevos pero casi siempre de segunda mano.

El año en que cumplió once años quería una bicicleta. Una grande y roja, con un faro delantero de camión y una bocina de goma, como la que veía en el escaparate del señor Wilson cuando iba al colegio. Se quedaba muy cerca del cristal, haciendo vaho con las manos pegadas a la cara, hasta que su madre gritaba desde la esquina que iban a llegar tarde.

¡Vamos a llegar tarde! —gritaba su madre.

Arthur se imaginaba montado en la bicicleta. Sería como ir al espacio en un cohete rojo y plateado, veloz como un rayo y la luz del faro delantero encendida, el estruendo de la bocina y las suspensiones chirriando al pasar sobre los baches de la calle. Se pondría de pie sobre los pedales, con las mejillas coloradas, jadeante, soplando el mechón de pelo caído en la frente. «¡Más rápido! ¡Más rápido!», chillaría a los árboles que dejaba atrás. Ni siquiera frenaría un poco en los cruces, sino que pedalearía con más fuerza y gritaría aún más alto.

El hermano pequeño de Arthur, Billy, también quería una bici. Se paraba con Arthur a mirarla todos los días cuando iban al colegio, así que se empeñó en pedir una. Billy siempre estaba fastidiando a Arthur. Desde que llegó a casa, sus padres siempre estaban dándole de comer, cambiándole los pañales o intentando que se durmiera. Y ahora que era más mayor también quería, deseaba, la bici. Los regalos para Billy siempre eran más grandes, más coloridos, incluso a veces eran nuevos.

Llegó el día de Navidad. Los dos niños se levantaron y corrieron a ver el árbol. Ese año los abuelos habían llegado pronto, estaban junto a los padres, esperándolos en la sala de estar. Había dos paquetes, uno cuadrado, como una caja de zapatos, y otro mucho más grande con un lazo rojo.

¡Toma, Arthur! En este paquete pone tu nombre —dijo el abuelo. Sonrió al niño y le dio la caja. Al mismo tiempo, la abuela y los padres ayudaban al pequeño Billy a desatar el lazo que llevaba el nombre de Billy escrito en mayúsculas.

¡Una bici! —gritó Billy. Miró a su hermano, muy contento— ¡Arthur, una bici! ¿A tí también te ha dejado Papá Noel una bici?

Arthur palideció y abrió el paquete. Eran unos patines con una pequeña rozadura en la puntera.

¡Qué bien, unos patines! —dijo su madre—. Así podréis salir a rodar juntos.

Arthur pensó que con dos bicis rodarían mejor que una bici y unos patines, pero no dijo nada. Quizá se podría agarrar detrás de la bici de Billy, que ni siquiera era una bici de verdad, era de ésas con ruedines para que los niños no se cayeran, para ir más rápido. Tampoco era roja del todo, era casi naranja.

¿Podemos salir a jugar? —dijo Billy. Daba saltitos, no paraba quieto y acariciaba el manillar, como si le hubiesen regalado un perrito.

Arthur, ponte los patines nuevos y acompáñale, —dijo la madre— ¡Y vigila que no se vaya muy lejos! Arthur no dijo nada.

Los dos niños salieron a la calle. Ese día estaba casi desierta, no pasaba ni un coche, así que enfilaron cuesta abajo por el medio de la calzada. Arthur se agarró a la parte de atrás y le susurró a Billy, pegado a su oreja: «¡Pedalea lo más fuerte que puedas!»

Poco a poco cogieron velocidad. Billy sudaba y tenía la cara roja por el esfuerzo. Saltaban en los baches y salpicaban nieve derretida a los lados, embadurnando los bajos de los coches aparcados. No se cruzaron con ningún vecino.

Se aproximaban a un cruce principal. Arthur lo vio, y al vehículo que se acercaba también lo vio. Miró sus patines y la espalda de su hermano. Miró la bici. Empujó con todas sus fuerzas y se soltó.

Una furgoneta Ford arrolló a Billy y su bicicleta nueva. Arthur derrapó con sus patines no-tan-nuevos y se agachó junto al guardabarros de un Chevy a esperar la llegada de la ambulancia y de la policía. Le encantaba el sonido de la sirena, casi tanto como la bicicleta roja del escaparate del señor Wilson.

Espero que os haya gustado, ¡hasta pronto!