Concurso Zenda #cienciaficción

Nunca he escrito ciencia ficción. He leído mucha, muchísima. Hyperion (Dan Simmons, 1989) es mi biblia particular, Alcaudón mi nick habitual y… anda,  el nombre de este blog. Lo último ha sido El bosque oscuro, del autor chino Cixin Liu, que es excelente. En fin, a lo que iba. No seáis demasiado duros, que es mi primer relato Sci-Fi. Os dejo con El colapso, sus virtudes y sus fallos.

El colapso

Seth Lucas vio en directo por televisión cómo Naciones Unidas daba el planeta por perdido.

…Se insta a la población a que decida cuanto antes si se quedará en La Tierra a la espera de que colapse el Sol o si emprenderá un viaje espacial de resultado incierto…

La periodista parecía a punto de levantarse. Le temblaba la mano con que sujetaba los papeles. Seth estaba tranquilo. Había decidido meses atrás, cuando los primeros datos apuntaban al desastre que se avecinaba, que se quedaría. Al fin y al cabo, no todos los días se puede ver desde la ventana de la cocina cómo colapsa una estrella, pensó.

El puerto de embarque más cercano a su casa era Base Aldrin 2. Una gran explanada contenía las zonas de despegue rodeadas por un anillo de oficinas. En la zona más exterior, los controles de entrada delimitaban las instalaciones. Allí era donde se congregaba la multitud en espera de poder embarcar en alguna de las naves seminales.

Seth vivía en unos edificios de apartamentos de veinte pisos de altura que daban al perímetro de la base. Desde su casa, en la planta cuatro, casi podía oler la riada de personas que pasaban bajo su ventana. Desde que su mujer lo abandonó, no tenía más compañía que su perro labrador Dickens. Los perros no podían ir al espacio, no por el hecho en sí de ser un perro, sino porque era imposible ligar la posesión de una pila atómica a algo no humano. Seth tenía su pila codificada genéticamente encima de la mesa de trabajo, rodeada de fajos de papel, lápices y una lámpara antigua sacada de un contenedor. Seth y Dickens esperarían el fin del mundo juntos con un cubo de palomitas recién hechas y unos huesos Titán.

Las paredes del apartamento eran de papel. Los Ishizaki discutían otra vez en el piso de al lado. De fondo, se oía llorar a Ryo, el niño de cinco años, con quien Seth hablaba de superhéroes cuando se encontraban en el ascensor.

¡Cómo has podido! Eres un canalla. Oyó cómo se rompía algo de cristal.

¡No podía perder, era una apuesta segura! Me han engañado —dijo el marido—. Me han engañado.

Sólo queda la pila de Ryo —lamentó la mujer—. Sin nuestras pilas, estamos atrapados en La Tierra.

La pantalla visualizadora autocargable de Seth notificó el enésimo aviso de evacuación. Pensativo, cogió una mochila y metió la pantalla en ella; también la pila atómica y un muñeco de Batman. Se echó algo de colonia. Salió al descansillo y tocó el timbre de los Ishizaki.

Ryo ya no lloraba. La señora Ishizaki abrió la puerta. Llevaba el conjunto habitual de blusa blanca y falda gris de tubo con el que iba a trabajar.

Siento si le hemos molestado. La mujer ya empujaba para cerrar.

Un momento —dijo Seth. Miró de arriba abajo a la señora Ishizaki—. Quiero proponerles una cosa. Sacó un poco la pila de la mochila. El señor Ishizaki observaba desde una esquina de la sala de estar. Tenía los faldones de la camisa colgando por encima del pantalón y las mangas remangadas.

Se sentaron los tres en el sofá, frente a una mesita de cristal. Seth sacó la pantalla y la pila. Cuando vieron la pila, los Ishizaki se miraron, confusos.

No he podido evitar oir lo que decían. ¿Quieren salvar al niño? Les ofrezco un trato. Estoy dispuesto a transferir mi pila a uno de ustedes; lo que pido a cambio es muy poco. Puso la mano sobre el muslo de la señora Ishizaki, subió y bajó lentamente, y sonrió.

Hablaron. Discutieron. Al terminar, Seth se levantó, le dio el muñeco a Ryo y le guiñó un ojo a la señora Ishizaki.

Cuando se decidan, avisen. Pero no tarden, a saber cuánto dura el Sol… Estaré en mi apartamento.

Sonaron unos nudillos en la puerta del apartamento de Seth. Hizo pasar a la señora Ishizaki. Dickens movía el rabo, encantado de recibir visita.

Encierre al perro, por favor. Les tengo un miedo de muerte.

Claro, claro —dijo Seth. Ya estaba fantaseando con la cremallera de la falda sobre la cadera derecha. Metió a Dickens en la cocina, cerró la puerta y se giró, sonriendo.

¿Qué le parece si vamos a la hab…?

No terminó la frase. La señora Ishizaki tenía un pequeño revólver en la mano derecha. Seth se quedó mirando el cañón.

Siéntese, con las manos a la vista —dijo la mujer, señalando la silla de escritorio con el cañón del arma.

Tranquila, era una broma. ¿No lo ve? Jamás se me ocurriría aprovecharme de…

Silencio. —La señora Ishizaki se dirigió hacia la puerta del apartamento y la abrió, sin dejar de apuntar a Seth. Su marido entró en casa de Seth—. Ahora va a programar su pila con mi ADN.

Seth hizo lo que le pedían. Codificó la pila atómica con las características de la señora Ishizaki. ¿Y ahora qué?, pensó.

Los Ishizaki encerraron a Seth en la cocina, con el perro. El marido se quedó en el salón, con el arma, para que no escapara, mientras su mujer y su hijo preparaban las maletas en el otro apartamento. Una hora más tarde, asomado a la ventana, los vio sumarse a la riada de personas que fluían bajo la ventana en dirección a la Base Aldrin 2.

Ishizaki miró el revólver y a la puerta de la cocina. Amartilló el arma y giró el pomo. Dejó salir a Dickens, entró y se encerró con Seth Lucas.

 

ACTUALIZACIÓN: ya ha salido en Zenda la lista con los diez relatos que pasan a la final. El colapso no está entre ellos, claro. ¡Enhorabuena a los afortunados! Los podéis leer aquí.

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