Vuelta a la escuela

Quién me iba a decir que más cerca de los cuarenta que de los treinta (día arriba, día abajo) iba a volver a la escuela.

Volver a escribir era uno de mis propósitos de Año Nuevo de 2015. De acuerdo. Hay pruebas documentales. De mi puño y letra. Imposible negarlo ante un perito caligráfico. Pero ponerse a ello en septiembre, el noveno mes del año de esos supuestos nuevos propósitos, tampoco demostraba mucho interés.

Un taller gratuito de iniciación a la escritura -nótese la importancia de la palabra gratuito en la frase- en la Escuela de Escritores de Madrid despertó mi curiosidad. O ese día no tenía nada que hacer, la verdad es que no me acuerdo. J.C. (no creo que fuera el famoso J.C. en persona), encargado de impartir el taller a un grupo heterogéneo de entre doce y quince personas, consiguió algo que no suele ocurrir muy a menudo: captar mi atención. Cuerpo en tensión, respiración más rápida, mirada despierta y un cosquilleo en la mente largo tiempo olvidado.

Que el profesor nos leyera un par de cuentos de Ángel Zapata tuvo mucho que ver. «Las buenas intenciones y otros cuentos» es el libro que más me ha impactado en los últimos años. Impactado para bien. Que panfletos ilegibles hay a patadas y es recomendable diferenciarlos.

Lo demás es historia: lo que empezó como un trimestre de Escritura Creativa se ha transformado en nueve meses. He tenido unos compañeros excepcionales, con un potencial tremendo. He disfrutado como el que más de las dos horas semanales en la Escuela. He intentado trabajar los conceptos desarrollados por Isabel Calvo (mi profe) con más o menos éxito. He llenado la caja de nuevas herramientas, imprescindibles para acometer la tarea de enfrentarme a la hoja en blanco.

Sobre todo, he recuperado las ganas de escribir.

Que duren.

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