#DíadeMuertos en Zenda: una plegaria a tiempo

Zenda #DíaDeMuertos

│ UNA PLEGARIA A TIEMPO │

Hermie se asomó a la ventana antes de salir. Llevaba nevando más de diez días seguidos, con lo más duro del invierno todavía lejos, y la nieve cubría el único camino que bajaba hasta el pueblo. Cogió la parka forrada de borreguillo de la percha junto a la puerta, el hacha que tenía apoyada en la pared y salió a cortar leña.

Cuando volvió, el frío ya se notaba en el interior de la casa. Había decorado el espejo roto de la sala de estar con una de esas calaveras de colores. Sus padres se la compraron a su hermano pequeño en México antes del accidente. Le faltaba la mitad de la mandíbula y uno de los ojos estaba agujereado. De niño, a Hermie le gustaba Halloween, y ahora que sólo recordaba a su hermano como un amasijo entre los hierros del coche familiar, colocaba la calavera para el Día de Muertos. Pequeñas nubes de vaho salieron de su boca cuando gritó:

¡Mamá, ya estoy en casa! Enseguida enciendo la chimenea. En unos segundos perdió el color que habían cogido sus mejillas. El médico dijo que era importante que la casa estuviera caldeada para no complicar más la salud de su madre. “Como si pudiese ir peor la cosa”, pensó Hermie cuando lo oyó. Su madre podía tragar, mover lo ojos o emitir algún gruñido de vez en cuando. La pobre enviudó hace nueve años, tras el accidente de coche que redujo a la familia a la mitad. Desde entonces, Hermie se encargaba de todo.

Prendió algunas astillas y pronto el salón se llenó de humo; la chimenea no tiraba bien, pero se terminaba disipando. Por el rabillo del ojo le pareció ver que algo se movía. Se acercó sin hacer ruido al rincón del salón, donde estaba el sofá, y vio a una rata comiéndose los restos de lo que parecía pan duro de anteanoche. Se echó la mano a la cintura y desenfundó el revólver de su padre. Encañonó, con la punta de la lengua sobresaliendo entre los labios, pero no disparó. “Que coma bien”, pensó. “Así cuando la pille estará más rellenita”.

Pasó a la habitación de su madre. Apenas notó el hedor, acostumbrado como estaba ya. Fue directo a la bacinilla que había dejado bajo la cama la noche anterior, la cogió y entró a tientas al aseo contiguo.

Qué poco pesa la jodía, parece vacía —dijo entre dientes Hermie—. Y sin luz. —No tenía que haber roto la bombilla, maldita sea —pensó por enésima vez. Golpeó con furia el casquillo, que colgaba inerte desde hacía cuatro días. Pero no fue culpa suya. No, no lo fue. Volcó la bacinilla en el váter, escupió en el lavabo y volvió junto a la cama.

Siempre tenía la sensación de que los ojos de su madre le seguían por el dormitorio, aunque sabía que era imposible: apenas podía parpadear, menos aún mirarlo. Incluso hacía ya tiempo que le parecía que le seguía la mirada del Jesucristo crucificado, que estaba sobre el cabecero de la cama, en una cruz enorme que empequeñecía su conciencia cuando la miraba. Llevaba viéndolo ahí colgado desde que tenía uso de razón.

A veces Jesús le hablaba. Desde las alturas, se reía de su aspecto: “¡Enclenque! ¿Hoy también te has tirado la mayonesa encima? Mírate, chaval.¡Sal a comprarte algo de ropa!”. Siempre se burlaba de él, pero uno se terminaba acostumbrando. Excepto cuando reventó la bombilla del aseo de la habitación; lo había hecho por no romper la cruz sobre el cabecero, aunque no recordaba qué le había dicho. Hoy estaba especialmente parlanchín.

—¡Hermie! ¿Qué haces, chaval? —preguntó Jesús—. Oye, por qué no vienes y me bajas, creo que tengo algo en el costado, no veas lo que duele —dijo entre risas.

Hermie dejó sobre la mesilla el peine lleno de mechones con el que estaba peinando a su madre y se quedó quieto, mirando la cruz. Estaba harto de Jesús y de su puñetero sentido del humor. Una gota de sudor le bajó por el costado, mojando el borde del pantalón de franela, remendado varias veces.

—¡Venga, hombre! —exclamó Jesús mientras le guiñaba un ojo—.¡No seas así! Sabes que no me río de ti, me río CONTIGO. ¡Jaaaajajajaja! Descolgó el brazo derecho y señaló hacia abajo; se puso la mano sobre la boca y dijo en tono confidencial: —Oye, si quieres deshacerte de la vieja ya sabes que sólo tienes que rezar, ¿recuerdas? Rezar MUY fuerte. Serías libre. Podrías salir tooodas las veces que quisieras y cepillarte a las amigas de tu madre—. Jesús asintió varias veces, despacio, mientras miraba a Hermie a los ojos.

Hermie rezó, como siempre que se lo pedía Jesús. Después se abrazó y empezó a mecerse lentamente, hacia delante y hacia atrás, mientras miraba de reojo primero a la cruz, después a la cama. Se fijó en el cráneo casi sin pelo, los ojos secos clavados en el techo, el pecho quieto de su madre.

—¡Hermie! —Jesús estaba entusiasmado. Señaló con las dos manos hacia la cama—. ¡Parece que esta vez has rezado con fuerza! ¡Lo has conseguido! ¡Buen chico! Qué, ¿me bajas de aquí y nos vamos de esta pocilga?

Fue como si le hubieran noqueado de un buen golpe de derechas en la mandíbula. Hermie se tambaleó, dio unos pasos hacia atrás, quedándose justo frente a la cruz, con la frente empapada de sudor y los dientes apretados.

Se dio la vuelta. Fue al salón, cogió una silla de las cuatro que estaban pegadas a la mesa alta, donde comían todos juntos cuando eran una familia de verdad, y la colocó frente a la cama. Comprobó que seguía teniendo el revólver en la cintura y cerró la puerta a su espalda. Se sentó de cara al crucifijo, sin mirar apenas el bulto sobre la cama que era su madre, mientras abría y cerraba los puños y luchaba contra un ligero temblor en el ojo izquierdo que le hacía bizquear.

Fernando Díaz Pérez

Majadahonda, 2018

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