Octubre apesta

octubre apesta

Estos días de octubre siempre se me atragantan. No ayuda que el 12 sea festivo; convierte la semana en algo especial, diferente de las demás, rompe la rutina que anestesia la memoria y propicia el recuerdo amargo.

Tampoco ayuda la insistencia de ciertas redes sociales —como Facebook— en recordarte lo que hiciste tal día de cuál año. En ocasiones arranca una sonrisa, como cuando te enseña una foto de Japón de aquellas vacaciones inigualables. Pero cuando se muere tu madre no hay imagen bonita que rescatar del baúl de los recuerdos digital de ese día concreto.

Que el tiempo anestesia el dolor es un hecho: la exposición reiterada a un estímulo produce el efecto de la habituación. Sin embargo, eso no significa que deje de doler a niveles profundos, más allá de la lágrima inmediata.

Cada uno lidia como puede con esos recuerdos de días difíciles, los racionaliza, aparca u olvida, se obsesiona, maldice o flagela. En mi caso, superado el pertinente periodo de duelo y pasados los años, he canalizado recuerdos y sensaciones escribiendo algunas cosas relacionadas. Siempre mezclando recuerdo y ficción, porque como dicen muchos autores, la realidad no siempre es verosímil, los recuerdos no tienen la textura necesaria para crear una buena historia. Y además, no escribo como terapia, no me parece la mejor opción si el objetivo es aprender a escribir, que es mi caso.

Los ejercicios de clase en “escritura creativa” me han servido para desarrollar algunos momentos peliagudos. Uno, el de tomar la decisión de desconectar a mi madre, en la UCI, del soporte vital. Otro, el de la recogida de las cenizas tras la incineración. Estos puntos de partida son verídicos (no sé si verosímiles, espero que en los relatos lo parezcan) y me sirvieron para introducir otros elementos en la historia relacionados con el tema a tratar en la clase correspondiente del curso.

Así que, tras este gigantesco marco introductorio totalmente prescindible para leer las dos historias que van a continuación, os dejo con “Apaga y vámonos” y “Las cenizas”; en el primero se trataba de trabajar el tiempo y en el segundo la técnica narrativa del monólogo interior. Os aconsejo que, antes de leer las siguientes líneas, echéis un vistazo a las dos historias primero (están hipervinculadas en su respectivo título).

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Los apuntes teóricos que siguen a continuación están tomados del temario de Enrique Páez y completados por las aportaciones en clase de Isabel Calvo. Cualquier error u omisión en su contenido es mío.

En “Apaga y vámonos” el objetivo era trabajar con el tiempo del relato. En la sala de espera del hospital en la que está Pedro, nuestro protagonista, el tiempo objetivo que pasa es corto, de unos minutos, desde que toma la decisión de desconectar a su padre hasta que el doctor le comunica su muerte. Sin embargo, para Pedro esos minutos son mucho más largos, ante un tiempo objetivo transcurrido él siente que el reloj no avanza. Lo ideal para conseguir este efecto es que el personaje acumule gestos repetidos y monótonos para que el lector perciba la lentitud del tiempo, con oraciones compuestas, uso del tiempo pasado, verbos de pensamiento, para que todo ello evoque un tiempo lento.

Queda claro que en “Apaga y vámonos” no conseguí hacer un buen ejercicio. Pese a que intento que el lector se detenga en los detalles, introduzco una evocación de Pedro hablando con su hermano y un recuerdo en la puerta del hospital, al final recurro a la imagen del reloj y los diez minutos que han pasado. ¡Error!

Respecto a “Las cenizas”. El ejercicio fue muy interesante. Muchas veces, se utiliza el monólogo interior como ejercicio de desbloqueo, para que fluyan las ideas sin cortapisas, sin las restricciones de puntuación, forma u otras convenciones. Dejas fluir el pensamiento en torno a una idea principal —en este caso la recogida y depósito de las cenizas— y coges tres o cuatro ideas periféricas sobre las que el pensamiento vuelve una y otra vez para dar forma a la historia —en nuestro ejemplo, el hermano insulso, la hora de comer, el frío que hace—.

En resumen: tenemos una estructura aparentemente desordenada, que se supone que fluye desde la parte más inconsciente de nuestro cerebro, que gira en torno a una idea central con varias ideas periféricas. Creo que este ejercicio me quedó mejor y, sobre todo, me lo pasé muy bien escribiéndolo.

Si alguien ha leído hasta aquí, gracias por aguantar la chapa.

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