No es un adiós, es un hasta luego

Los Reyes Magos no han tenido a bien concederme el don de la ubicuidad. Que qué les costaba, si son magos. Pero nada, no se han bajado del burro. Así que de momento, en una retirada que espero que sea momentánea, debo aparcar la Escuela y dejar a medias —esto sí que me repatea— el curso de relato breve.

De momento el trabajo me impide volver a clase y no tiene pinta de cambiar en un futuro cercano. “Pues no vayas a trabajar, deja de quejarte”. Hay que ver las voces de la cabeza, eh. Que como viven tan pichis en el subconsciente sin pagar alquiler ni consumir electricidad —afirmación esta última cuanto menos discutible si tenemos en cuenta que el cerebro funciona mediante impulsos eléctricos— creen que lo saben todo.

Sé que hay autores que se levantan a las cuatro de la madrugada a escribir, gente con una capacidad de sacrificio más allá de lo razonable. Yo no soy uno de ellos. Me levanto a las siete y llego a casa a las nueve, catorce horas más tarde. Sé que se puede exprimir más el día, aprovechar los tiempos muertos a lo largo de la jornada (los hay, siempre los hay) pero no soy capaz. Espero serlo algún día. Sé que lo más probable es que, si no lo consigo, jamás llegue a nada en este mundo.

Estaré al tanto de certámenes, concursos y convocatorias varias, más con el ánimo de que me “obligue” a darle a la tecla que otra cosa. Siempre hay cosas interesantes en la Escuela de Escritores y sus relatos en cadena, en El Asombrario y sus propuestas mensuales con autores imprescindibles, en Zenda, con sus cheques llenos de ceros… Y seguiré pendiente de compañeras y profesores (Nacho, aunque los Reyes no repartan dones sí que regalan novelas).

No es un adiós, es un hasta luego.

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