La trinchera diacrítica

trinchera

Mi vida cambió para siempre a primera hora de la tarde de un día ventoso y frío de febrero de 2012.

Estaba en mi casa, un cuarto piso del barrio de Las Letras con vistas a la calle. Nací en ella hace casi cincuenta y tres años, y siempre había sido mi hogar. Salí de la cocina tras echar un cigarro, costumbre de cuando todavía vivía mi mujer, que me obligaba a fumar allí, y pasé al salón de lectura, dispuesto a pasar la tarde sentado en mi sillón favorito leyendo un par de novelas de reciente adquisición en la librería de abajo.

Junto al sillón de orejas, colocado cuidadosamente en un ángulo determinado para que la luz natural incidiera sobre las páginas del libro al leer, estaba la pequeña colonia de tildes diacríticas expulsadas de sus palabras de origen tras la Reforma. Desde la primera vez que las vi correteando por la calle, ocultándose tras los postes de farolas y papeleras, me dieron un poco de pena, así que acogí a unas cuantas. No estorbaban, tenía espacio de sobra ahora que vivía solo y, a su manera —no hablaban ni nada parecido—, me hacían compañía. Las miré con ternura por encima de la gafas, me senté y abrí uno de los nuevos libros que aguardaban sobre la mesita de té. Comencé a leer.

Ya en las primeras líneas faltaban tildes por todas partes. Continué un poco más a ver si era cosa mía, pero no. La ausencia de tildes dañaba la vista. Miré el lomo y vi el año de edición: 2011. “Ya estamos”,—pensé contrariado. “La puñetera reforma de la RAE”.

Si sólo hubieran sido una palabra o dos podría haberlo dejado pasar. O quizá ese día cayó la gota que colmó el vaso. O mis tildes refugiadas en el rincón del saloncito ya eran demasiadas. No lo sé.

Tenían que acabar con la gracia del adverbio “solo” y la elegancia de los pronombres demostrativos —mascullé—. Filibusteros.

Miré al frente, más allá del cristal de la ventana. Con un suspiro me levanté, cogí mi libreta y un lápiz bien afilado y me dirigí a la puerta de salida. Cogí la gabardina que solía usar en otoño de la percha de pie, guardé los pertrechos a buen recaudo en el bolsillo derecho y me calé a fondo el sombrero. Bajé a la calle decidido a luchar contra esta injusticia. Había oído que existían unas trincheras utilizadas por la Resistencia que cercaban la Academia. Salí en su busca.

Atravesé el portal de casa y giré a la derecha con determinación en mis pasos. Tres calles más abajo encontré un puesto de control. Era igualito al Check Point Charlie que ha quedado en Berlín para que los turistas se hagan fotos con soldados uniformados de época, sus sacos de arpillera rellenos de arena bien amontonados y las banderas rusa, alemana y estadounidense. En este caso, la enseña era de la Real Academia Española de la Lengua. En la cabina había un señor muy estirado con levita azul oscuro y charreteras, que salió al ver mi llegada y me preguntó con mucha flema:

¿Qué desea, caballero? ¿Puedo ayudarle en algo?

Claro —respondí—. Estoy buscado la línea de defensa de la tilde diacrítica, en concreto la de la palabra “solo”, mi favorita.

El oficial retrocedió un paso y me miró de arriba abajo con una mueca de desprecio, los labios estirados y la mirada gélida. Se atusó el bigote, alargó el brazo y, señalando hacia delante, escupió las siguientes palabras:

Vaya por la siguiente calle a la derecha y a continuación, dos más allá, gire a la izquierda. No tiene pérdida. Se dará usted cuenta de que ha llegado por las caras largas, de abatimiento, de los atrincherados —respondió altanero.

Le di las gracias, a lo que contestó con un bufido, y se metió de nuevo en la cabina acristalada donde se reflejaban las nubes, que corrían en una frenética carrera hacia el oeste.

Al llegar a la siguiente esquina me topé con un tumulto. Un grupo de cuatro o cinco personas, brigadistas de la RAE, acosaba a un viandante, un hombre enjuto que iba encorvado sobre un montón de libros antiguos que llevaba entre los brazos, a los que parecía proteger con su cuerpo. Le gritaban “¡Carca! ¡Anticuado! ¡Rebelde sin causa!”. Él les desafió: “¡No tenéis narices de atacarme sólo uno de vosotros!”. Y ellos vieron que había puesto la tilde en ese “solo” y se enfurecieron. Le rodearon, cogieron los libros y comenzaron a arrancar todas las tildes diacríticas que encontraron entre sus páginas. Llovían tildes a la calzada en tal cantidad que comenzaron a formar remolinos en torno a ellos.

Al presenciar la escena, grité un par de improperios a los asaltantes pero no se detuvieron, sólo me miraron con desdén (con tilde, no se percataron) y media sonrisa de suficiencia. Cuando terminaron de incordiarle, dejaron solo al pobre diablo (nótese la ausencia de tildado) con muchas tildes enganchadas en la ropa y en el pelo.

El hombre sollozaba mientras recogía sus cosas y recobraba la dignidad. Las tildes ya se habían agrupado y escondido en una alcantarilla cercana cuando me acerqué a él para interesarme por su estado:

¿Se encuentra usted bien? —pregunté mientras le asía de un brazo para ayudarle a levantarse.

Malditos cobardes, intransigentes, piratas de la Lengua —masculló entre dientes. Alzó la mirada y me dijo:

Sin problema, no se preocupe usted, me pasa día sí, día también.

Me sorprendió tanto su declaración que, aún cogido del brazo, le pregunté a dónde se dirigía. Resultó ser ni más ni menos que mi punto de destino: la Trinchera en Defensa de la Tilde Diacrítica en el Adverbio Solo, así que le acompañé hasta allí.

TDTDAS, qué acrónimo tan horrible —comenté mientras caminábamos calle abajo.

Estamos trabajando en otro nombre más pegadizo que atraiga patrocinadores y nos financie el asunto, pero de momento es lo que hay —respondió.

Más tarde me enteré de que la Trinchera en Defensa de la Tilde Diacrítica en los Pronombres Demostrativos era independiente de ésta (con tilde rebelde), y que estaba un poco más allá de donde habían atacado al pobre diablo.

Llegamos a la trinchera, la TDTDAS ésa. Un señor muy agradable, con el cráneo pelado y canas sobre las orejas, de aspecto abatido y olor a derrota, nos ofreció un café caliente de un termo que tenía a mano. Su compañero nos presentó —y se presentó— y le contó que yo le había ayudado a regresar, que había reprendido a los atacantes, por lo que el hombre me miró con algo más de interés.

¿A qué se debe su visita, caballero? —me preguntó.

Me quité el sombrero y lo sostuve con la mano izquierda antes de responder.

Pues mire usted —respondí tras llevarme la taza a los labios y arrebujarme en la gabardina—, estaba leyendo en mi casa un texto de edición reciente cuando, de una vez por todas, me harté de este asunto de la supresión de la tilde diacrítica. Venía a visitar la trinchera para ver cómo están las cosas y después continuar camino de la Academia para dejar constancia de mi absoluto rechazo de la norma. Entonces he visto el salvaje ataque que sufría su compañero, con el resultado de dejar todas esas pobres tildes por ahí tiradas. Qué desperdicio.

Encomiable su actitud —dijo el anciano mientras asentía—. Pero no llegará más allá de esta trinchera. A los críticos no nos dejan acercarnos a menos de cien metros. Registran nuestros bolsillos, revisan nuestros libros y notas en busca de palabras rebeldes. Es imposible franquear el último control. Así que nos hemos hecho fuertes en este chaflán, bien parapetados para ver por dónde vienen los ataques y demostrar a estos rufianes que nuestra voluntad es férrea. No nos moveremos hasta que rectifiquen.

¿Y están teniendo éxito? —pregunté con interés, olvidado el café.

Llevamos ya varios meses de protesta sin resultado y los ánimos decaen, como usted compenderá —continuó mi anfitrión—. Ellos están tan campantes en su poltrona, cada uno con su Letra Mayúscula o Minúscula como escudo y protegidos tras los gruesos muros de la Academia, mientras que nosotros tenemos que aguantar las inclemencias del tiempo y a las Brigadas Diacríticas (usted se ha topado con una hace un rato), que entorpecen nuestra labor cosa mala.

Me hago cargo —dije mientras asentía y giraba el sombrero entre mis dedos.

También nosotros disponemos de nuestras propias patrullas, no se crea —prosiguió— pero cuando se disponen a acosar al enemigo salen malparadas. No sé si será por lo flacuchos que son —aquí la alimentación, con tantos meses en la trinchera, no es buena— o porque van tropezando con las tildes que se les meten entre las piernas, el caso es que vuelven a la carrera con la cabeza entre los brazos ante la lluvia de pronombres sin tilde que les tiran.

La batalla es desigual, por lo que me cuenta —dije frunciendo el ceño.

Y que lo diga. A pesar de la desventaja, le diré que tenemos algún topo, simpatizantes dentro de la propia academia. Uno de ellos, de lengua afilada y maletín de cuero, con un sombrero como el suyo, de fieltro marrón, suele venir a darnos ánimos con copias de artículos de periódico e intervenciones de personalidades relevantes que cuestionan la Reforma. Cuando no le siguen —teme estar siendo sometido a vigilancia por su conocida actitud beligerante y anda con pies de plomo— comparte unos minutos con nosotros y ante un café bien cargado nos cuenta batallitas internas coronadas por pequeñas victorias.

No podemos dejar esto abandonado porque nos borrarían del mapa de manera definitiva —continuó diciendo mientras señalaba las dependencias de la trinchera. Así que aquí estamos —prosiguió—. Toda ayuda es bienvenida, pero sepa usted que perdemos más batallas que ganamos, y que la guerra está siendo larga y agotadora.

Esta diatriba, unida al episodio que había vivido del ataque gratuito de las Brigadas contra su colega, el caminante defensor de las tildes diacríticas, me empujó a quedarme en el frente.

La trinchera es ahora mi hogar y, aunque son incontables las ocasiones en que los vándalos nos han robado la tilde del gran SÓLO que señala nuestra posición, seguiré en la lucha. Hemos obtenido pequeñas victorias, como aquélla de 2013 (nótese la tilde), cuando la Academia reconoció que los usos clásicos seguían vigentes en muchos lugares. Incluso hoy, en pleno 2016, varios académicos cuestionan desde dentro esa vil reforma ortográfica que se hizo con premeditación, alevosía y nocturnidad en el seno de la Academia, y que vio la luz durante el infame año 2010.

Así que aunque mi vida haya cambiado radicalmente resistiré, solo o acompañado. Y sólo tras la victoria volveré a los brazos de mi sillón de lectura preferido con las tildes diacríticas que fueron desterradas y que esperan justicia en mi piso.

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