El accidente

brutal

Es lunes. Vuelvo andando a casa de trabajar ya de noche por el camino de todos los días. Es una calle con poco movimiento e iluminación escasa. En la siguiente esquina veo un grupo de gente amontonada, cuchicheando. Me acerco y echo un vistazo.

Hay un hombre joven atravesado en la calzada. No se mueve. Sus piernas forman una equis sobre el paso de cebra, inundado por la sangre que mana de la gran cantidad de heridas que presenta. Los sanitarios recogen sus bártulos con eficacia, ordenadamente. Parece que sus esfuerzos por reanimar a la víctima han sido en vano.

A la izquierda del cadáver, un Opel Astra con el capó abollado contiene a una mujer en el asiento del copiloto. A la derecha se ven destellar las luces de la ambulancia, que destacan sobre la negrura de la noche. Entre los portones abiertos, en la parte trasera, un anciano vestido de traje se abraza y tiembla arropado en una manta. Mientras, una policía de uniforme que acaba de llegar le toma declaración y escribe en una libreta. El anciano niega con la cabeza mientras señala el cadáver con el brazo derecho. Cuando la policía se gira para seguir el gesto, el anciano cierra el puño izquierdo y parece estar a punto de descargarlo sobre su propio muslo, pero se contiene. Dirige la mirada hacia las marcas de frenada que destacan sobre el asfalto.

Llega otro coche de policía. Lleva las luces encendidas y la sirena desactivada. Se apean de él dos hombres con la palabra FORENSE escrita en la espalda. Acordonan la zona y colocan tres focos para combatir la oscuridad. Ponen conos y etiquetas a todo cuanto hay alrededor del cadáver.

El anciano de la ambulancia sopla en un alcoholímetro ante la mirada de la policía. Cuando termina, mira el resultado, baja la vista y se echa a llorar.

Tras las mediciones y fotografías de los forenses, los sanitarios retiran el cadáver en una bolsa de lona. Terminado el atestado, los policías apagan los focos que iluminan la escena y se disponen a continuar la jornada. La muchedumbre de curiosos se dispersa y la calma vuelve a la esquina de la calle. Llegan los servicios de limpieza y se afanan en limpiar el costurón de sangre de la calzada con mangueras de agua a presión.

Al final, yo también me voy.

[…]

A la mañana siguiente del atropello paso por la misma esquina. El sol se refleja en los parabrisas de los coches. Las pantallas de los móviles lanzan destellos mientras sus dueños caminan a toda prisa y teclean con furia. Un camión atraviesa el cruce dejando un rastro de humo negro. El brutal rugido de una moto se pierde a lo lejos. Continúo mi camino tras intentar atisbar sin éxito algún rastro de lo que ocurrió anoche.

Fernando Díaz, junio 2016

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