¿Dónde estabas el 11 de septiembre?

11s

¿Dónde estabas el 11 de septiembre de 2001 durante los atentados contra las Torres Gemelas?

Supongo que a lo largo de los años esta pregunta se ha repetido cientos, miles de veces, en conversaciones de trabajo, entre amigos, en la calle, en la carnicería del barrio, más recientemente en redes sociales. En cualquier ámbito.

Habrá quien tenga una historia extraordinaria sobre el momento que cuenta cada 11-S con orgullo, añadiendo cada vez más detalles inverosímiles que enriquecen la historia para años venideros, o quien no fuese consciente de lo que estaba pasando porque no tenía una televisión o una radio a mano, un amigo o un familiar que le avisara y le dijera corre, baja al bar, busca una tele encendida, sal de la biblioteca ahora mismo (sí, ya había móviles y los sms estaban a la orden del día).

Si hay algo que nos puede unir a todos los que vivimos el momento en directo, creo que es la cara de estupefacción ante lo visto, la mandíbula desencajada, mirada de incredulidad, parálisis física. Ese día aprendimos a congelar el tiempo, a alargar esa sensación de estupor pasajera que nos asalta de cuando en cuando pero que ese día se extendió durante horas.

Mi tercer ojo (el que toma un narrador para ver al personaje desde arriba, no el ojo que estás pensando) reconstruye el recuerdo del momento de la siguiente manera:

“Estoy sentado en un sofá granate, frente a una mesita baja, de ésas plegables que puedes extender para comer. Frente a mí, un diminuto televisor de tubo —no más de quince míseras pulgadas— emite el telediario de las tres de la tarde. No recuerdo el canal, ni el presentador o presentadora del mismo. En la mesa hay desperdigados varios montones de papel: apuntes, ejercicios resueltos y un par de libros de consulta, porque al día siguiente tengo examen de Análisis de Datos II. Estoy solo, acompañado de las paredes blancas, peladas, y los muebles de relleno de mi nuevo piso de alquiler. Aún no vivo aquí pero esta tarde me traen el colchón, y hay que estar.

Levanto la cabeza de los apuntes cuando oigo que cuentan el impacto de algo sobre la primera de las Torres Gemelas. Conectan en directo. En la imagen se ve una columna de humo saliendo del lateral del rascacielos. Como si de una película se tratara, un segundo objeto se acerca a la otra torre y choca directamente contra ella”.

Hasta ahí llegó mi tarde de estudio. Recuerdo que pasé horas ávido de noticias, buscando información al minuto, enganchado con una fascinación morbosa a las imágenes del atentado.

¿Por qué cuento esto? ¿Por qué otra historia anodina sobre el 11-S que no interesa a nadie?

En realidad, es una gigantesca introducción absolutamente prescindible, de ésas que te tachan en cualquier curso de escritura para principiantes, porque lo que realmente quiero contar es lo mucho que me gustó un texto que leí en su momento y recordé hace unos días al verlo en el blog El Asombrario. En la entrada de dicho blog hablan sobre cómo tratar un tema escabroso, como éste de las muertes colectivas, dando una perspectiva diferente a la esperada. Con el trasfondo de los atentados del 11-S, cuentan esto: 

Se derrumba una de las Torres Gemelas y él eyacula avergonzado, mecánicamente, sin disfrutarlo, como un pervertido, como un enfermo sexual que se arrepiente de haber tocado a un niño. Se limpia a toda prisa, se sube los pantalones, y apoyado en el lavamanos de su cuarto de baño, mirándose al espejo, se repite a sí mismo: “¿Cuál es tu problema? ¿Cuál es tu puto problema? ¿Tú estás mal de la cabeza o qué?”. Ahora, piensa, cada vez que alguien le pregunte dónde estaba el 11 de septiembre de 2001 tendrá que mentir. Tendrá que inventarse algo. Tendrá que decir, por ejemplo, que estaba en el campo, o tomando apuntes, o en una reunión, y que en cuanto conoció la noticia dejó todo lo que tenía entre manos, y se abrazó a la persona más próxima, y todos se llevaron las manos a la cabeza, y se taparon la boca, y luego lloraron, porque estaban ante un hecho histórico, el tipo de suceso que se recuerda toda la vida, algo único en la historia, como la llegada del hombre a la Luna o la muerte de Franco o el asesinato de Kennedy. Es consciente de ello, y por lo tanto tendrá que mentir”. (11-S, Carlo Padial).

Porque claro, supongo que la mayoría de personas estarían haciendo cosas cotidianas, como yo. Pero también habrá quien, como el protagonista de la historia de Carlo Padial, estuviera ocupado con quehaceres más difíciles de contar cuando alguien te pregunta: “¿Qué estabas haciendo cuando te enteraste de lo del 11-S?”.

Casi prefiero haber estado estudiando.

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