Concurso #HistoriasDeBicis en Zenda: la bicicleta roja

La bicicleta

Los concursos literarios en verano de Zenda libros empiezan a ser tradición. Este año la propuesta es #historiasdebicis, así que os dejo con “La bicicleta roja”.

La bicicleta roja

Desde que Arthur Miller tenía memoria, todos los días de Navidad los abuelos iban a su casa a visitarlos con un paquete y decían que Papá Noel lo había dejado bajo su árbol. Siempre le traían muñecos y juguetes —un oso de peluche al que le faltaba un ojo, un camión de bomberos con una rueda suelta— envueltos en papel de estraza, a veces nuevos pero casi siempre de segunda mano.

El año en que cumplió once años quería una bicicleta. Una grande y roja, con un faro delantero de camión y una bocina de goma, como la que veía en el escaparate del señor Wilson cuando iba al colegio. Se quedaba muy cerca del cristal, haciendo vaho con las manos pegadas a la cara, hasta que su madre gritaba desde la esquina que iban a llegar tarde.

¡Vamos a llegar tarde! —gritaba su madre.

Arthur se imaginaba montado en la bicicleta. Sería como ir al espacio en un cohete rojo y plateado, veloz como un rayo y la luz del faro delantero encendida, el estruendo de la bocina y las suspensiones chirriando al pasar sobre los baches de la calle. Se pondría de pie sobre los pedales, con las mejillas coloradas, jadeante, soplando el mechón de pelo caído en la frente. “¡Más rápido! ¡Más rápido!”, chillaría a los árboles que dejaba atrás. Ni siquiera frenaría un poco en los cruces, sino que pedalearía con más fuerza y gritaría aún más alto.

El hermano pequeño de Arthur, Billy, también quería una bici. Se paraba con Arthur a mirarla todos los días cuando iban al colegio, así que se empeñó en pedir una. Billy siempre estaba fastidiando a Arthur. Desde que llegó a casa, sus padres siempre estaban dándole de comer, cambiándole los pañales o intentando que se durmiera. Y ahora que era más mayor también quería, deseaba, la bici. Los regalos para Billy siempre eran más grandes, más coloridos, incluso a veces eran nuevos.

Llegó el día de Navidad. Los dos niños se levantaron y corrieron a ver el árbol. Ese año los abuelos habían llegado pronto, estaban junto a los padres, esperándolos en la sala de estar. Había dos paquetes, uno cuadrado, como una caja de zapatos, y otro mucho más grande con un lazo rojo.

¡Toma, Arthur! En este paquete pone tu nombre —dijo el abuelo. Sonrió al niño y le dio la caja. Al mismo tiempo, la abuela y los padres ayudaban al pequeño Billy a desatar el lazo que llevaba el nombre de Billy escrito en mayúsculas.

¡Una bici! —gritó Billy. Miró a su hermano, muy contento— ¡Arthur, una bici! ¿A tí también te ha dejado Papá Noel una bici?

Arthur palideció y abrió el paquete. Eran unos patines con una pequeña rozadura en la puntera.

¡Qué bien, unos patines! —dijo su madre—. Así podréis salir a rodar juntos.

Arthur pensó que con dos bicis rodarían mejor que una bici y unos patines, pero no dijo nada. Quizá se podría agarrar detrás de la bici de Billy, que ni siquiera era una bici de verdad, era de ésas con ruedines para que los niños no se cayeran, para ir más rápido. Tampoco era roja del todo, era casi naranja.

¿Podemos salir a jugar? —dijo Billy. Daba saltitos, no paraba quieto y acariciaba el manillar, como si le hubiesen regalado un perrito.

Arthur, ponte los patines nuevos y acompáñale, —dijo la madre— ¡Y vigila que no se vaya muy lejos! Arthur no dijo nada.

Los dos niños salieron a la calle. Ese día estaba casi desierta, no pasaba ni un coche, así que enfilaron cuesta abajo por el medio de la calzada. Arthur se agarró a la parte de atrás y le susurró a Billy, pegado a su oreja: “¡Pedalea lo más fuerte que puedas!”

Poco a poco cogieron velocidad. Billy sudaba y tenía la cara roja por el esfuerzo. Saltaban en los baches y salpicaban nieve derretida a los lados, embadurnando los bajos de los coches aparcados. No se cruzaron con ningún vecino.

Se aproximaban a un cruce principal. Arthur lo vio, y al vehículo que se acercaba también lo vio. Miró sus patines y la espalda de su hermano. Miró la bici. Empujó con todas sus fuerzas y se soltó.

Una furgoneta Ford arrolló a Billy y su bicicleta nueva. Arthur derrapó con sus patines no-tan-nuevos y se agachó junto al guardabarros de un Chevy a esperar la llegada de la ambulancia y de la policía. Le encantaba el sonido de la sirena, casi tanto como la bicicleta roja del escaparate del señor Wilson.

Espero que os haya gustado, ¡hasta pronto!

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