Apaga y vámonos

Julián

Adelante doctor, hágalo —dijo Pedro con la mirada fija en la pared tras el médico de la UCI.

Firmó —sin leerlo apenas, con lágrimas en los ojos— el consentimiento informado que le tendió el médico en una tablilla y dejó caer los brazos a los lados. Acababa de desconectar a su padre del soporte vital que le mantenía con vida, y sin embargo sólo podía pensar en su mujer, que se había quedado aparcando el coche y aún no había vuelto.

El doctor, con sus gafas de montura de pasta y un bolígrafo rojo colgando del bolsillo de la pechera de la bata, le acompañó a la sala de espera. Le dijo que en cuanto todo terminara le avisarían, que se sentara, que nunca se sabe cuánto tiempo tardan en… ya sabe. “Sin dolor, claro. Como le he dicho, no sentirá nada” —repitió.

Pedro recorrió la hilera de asientos de plástico pegados a la pared que no estaban ocupados por la familia gitana que velaba a un familiar. Se sentó en el menos sucio, se atusó el pelo, que empezaba a ralear en las sienes, y se agachó para estirar las perneras del pantalón. Miró a su derecha, hacia la máquina de café, donde uno de los tubos fuorescentes del techo parpadeaba agotado, peleando por unos últimos momentos de vida. Cuando el tubo tintineó por última vez sonó el ding del ascensor. Se abrieron las puertas y Pedro se levantó esperando ver a su mujer salir pero resultó ser un joven gitano trajeado de arriba abajo, caminando con mucha flema y orgullosos de la pelusilla que ostentaba sobre el labio superior, en un infructuoso intento de imitar el bigotón del patriarca que se sentaba unos metros más allá rodeado de la familia.

Cayó derrumbado en el mismo asiento de plástico requemado por innumerables colillas a lo largo de los años. Se sacó el móvil del bolsillo y llamó de nuevo a su hermano Julián. Sin respuesta. Miró la hora. Pensó en Julián y en su última conversación.

¿Seguro que no te importa quedarte con padre este fin de semana? —dijo Julián.

-Claro que no, vete tranquilo a la conferencia. Además, París merece el viaje. Sobre todo si va también tu compañera Ana —respondí mientras le guiñaba un ojo. —Ya me devolverás el favor.

Tras pasar la mañana en cuidados intensivos, Pedro y Julián salieron el viernes a mediodía a la entrada del hospital. Este último portaba una maleta de mano y una sonrisa que disimulaba las ojeras de los últimos días. Se dieron un abrazo y se despidieron hasta el lunes.

Pedro volvió a la realidad y miró la hora de nuevo. Apenas habían pasado diez minutos.

El doctor asomó la cabeza a la sala de espera y localizó a Pedro. Se acercó a él, esperó a que se pusiera en pie y le dijo:

Su padre ha fallecido hace unos minutos. Le acompaño en el sentimiento. Si hace el favor, acompáñeme para firmar el certificado de defunción. ¿Hay alguien que pueda acompañarle?

En ese momento, Pedro miró por encima del hombro derecho del doctor y vio que su mujer salía del ascensor y le buscaba con mirada interrogativa. En cuanto sus ojos se cruzaron, Pedro empezó a temblar y se echó a llorar.

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